El federalismo de Sánchez jamás hablará gallego


La estrategia de huir hacia delante, que Sánchez elevó al paroxismo en su frustrada investidura, ya había empezado mucho antes, cuando, consciente de su debilidad electoral y política, empezó a embarrar el campo con dos promesas trampa. La primera era la de liderar -en contra de Rajoy- la galaxia plural de las izquierdas, de las que al fin y a la postre no obtuvo ni un solo voto. Y la segunda era superar el «inmovilismo de Rajoy», referido a Cataluña, con una solución federal que, huera de contenidos explícitos, solo podía llevarse a cabo -¡pásmense ustedes!- con los votos del PP.

Siempre recelé de esa propuesta. Pero no por ser federal, que me parece bien, sino por ser temeraria y engañosa, y por estar presentada por quien no podía llevarla a cabo sin la ayuda del mismo enemigo que estaba creando para abrirse un hueco entre las huestes del populismo. Porque el federalismo de Sánchez solo podía tener dos versiones contradictorias entre sí. Si quería acunar con cariño al independentismo, como siempre sugería, solo podía estar hablando de una España confederal y asimétrica, con nuevos privilegios para Cataluña y con mucha árnica para los demás, y sobre la base de un derecho formal de secesión que, más allá de poner la realidad de España en entredicho, le daba a los partidos más desleales una potente e inagotable arma de presión política. Y la otra solución, la de un federalismo nominal, que no alterase las relaciones internas entre todos los territorios y el Estado, no pasaría de ser un bluf, que no tendría efectos terapéuticos sobre el problema, pero que enviaría a los más rebeldes una señal inequívoca de que aún pueden albergar esperanzas.

A Sánchez le molesta oír estas cosas. Pero, dado que en el proceso político también se caza antes a un mentiroso que a un cojo, no tuvo más remedio que enfrentarse, como postulante de la investidura, a la joven e inexperta Alexandra Fernández, que en los tres minutos que le dieron para hacer visibles las Mareas, sacó las consecuencias lógicas de este rebumbio de ocurrencias que embarga la política española, y puso sobre la mesa la autodeterminación de Galicia. Y ahí saltó el Sánchez genuino. El que cree en una federación de España con Cataluña, pero no en una España federal. Y el que se dobla ante la presión de los independentistas catalanes, pero se escandaliza cuando los aldeanos del Finisterre se quieren instalar en su federalismo aristocrático. Porque Sánchez, que no tiene más plan que huir hacia delante, quiere controlar la izquierda pactando con la derecha, y hacer una España federal que solo tenga efecto en Barcelona. Por eso Galicia, que antes que su independencia aún busca su dignidad, debería pensar en dónde se está metiendo. Y en quiénes son los astros rutilantes de esta nueva política que solo nos quiere de comparsas.

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