PSOE y C's confirman su melancólica impotencia


Cuando la banalidad intelectual enseñorea el mundo, nadie puede descartar que se reúnan los jefes de Estado de Cataluña (Artur Mas), y de Andorra (el obispo de la Seu d'Urgell) y decidan crear la Confederación Imperial Franco-Española (CIFE), con capital en Barcelona. El paso siguiente sería un decreto de anexión forzosa -sin intención de ofender- de los territorios gobernados por Carlos I y Francisco I en el siglo XVI, desde los Países Bajos a la Gomera, y desde Lisboa a Milán, para acabar el acto cantando La marsellesa.

Tampoco cabe descartar que a mucha gente le parezca que con esta chuminada podríamos regenerar la democracia, controlar a Merkel y encandilar a los empresarios que ven oportunidades de crecer e internacionalizarse en todos los saraos. También es posible suponer que la mayoría casposa e informe, adicta al bipartidismo, acabará enfrentándose al progreso, aunque su oposición carecería de interés si la CIFE nace con el apoyo de la prensa de Madrid y es respaldado por encuestas diarias en las que se demuestra que los ciudadanos votan a unos para que gobiernen otros, y que los resultados electorales no sirven para nada cuando entran en contradicción con una encuesta de 900 entrevistas telefónicas.

Pero no se crea que estamos haciendo ciencia ficción. Porque Sánchez y Rivera, que están convencidos de que su Gobierno de regeneración y progreso obligará a la mayoría absoluta de PP y Podemos a doblar la cerviz, acaban de firmar una osada emulación de este imperio andorrano, aunque la dura realidad sigue diciendo que la investidura de Sánchez es una quimera, que no se puede abordar ni una sola de las reformas que prometen, y que nadie sabe cómo coordinar la coyunda entre el neozapaterismo de Sánchez y el jacobinismo neoliberal de Rivera.

Todo indica que estos dos fenómenos están aprovechando el marasmo para chupar cámara, para ganar la prensa anti-Rajoy con vistas al 26J, y para disfrutar tres días más del caótico apoyo que le prestan los intelectuales y empresarios que piensan que el pacto y la estabilidad no dependen de condiciones objetivas, sino de la voluntad creadora de dos líderes novatos. Por eso creo que este pacto de impotencia melancólica va a colapsar sobre sus impulsores, a los que nadie va a compadecer cuando, tras este baile ilógico que acaban de marcarse, quede patente que Rivera ya no es fiable para los liberales, y que Sánchez se ha convertido en el gran traidor de todas las izquierdas. Por tal motivo resulta molesta y rancia la fútil solemnidad que culminó el pacto, como si, en vez de importarles su eficacia, estuviesen haciéndose fotos para el álbum familiar. Porque me temo que en política se cazan antes los pavos reales que a los que tienen responsabilidad in vigilando -¡qué fino!- en una avalancha de corrupción bastante transversal.

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