La cumbre de la vergüenza


Hay que tener mucha moral y más valor para seguir defendiendo un cambalache que, por mucho que uno quiera, no queda más remedio que tomárselo de guasa. La Unión Europea deja este fin de semana de ser un proyecto medianamente serio y todo lo que ocurra a partir de ahora no debe de pillarnos por sorpresa. La cumbre celebrada para evitar que el Reino Unido nos abandone y que, visto lo visto, es lo mejor que nos podía pasar, es una antología de la miseria y la rendición de nuestros dirigentes. Ninguno quería, pero todos aceptaron. Es lo que ocurre cuando se es incapaz de asumir responsabilidades; que se va con «actitudes constructivas» como las que mostró Rajoy en Bruselas y que niega en Barcelona. Presionados por el chantaje, a Cameron se le entregó todo lo que quiso e incluso más. A nuestros líderes no les importó reconocer que el Reino Unido no «está comprometido con una mayor integración política dentro de la Unión», y que, en un futuro cambio de los tratados, se dejará claro que el concepto de una «Unión cada vez más estrecha no se aplicará al Reino Unido». Pero no solo eso, ha saltado por los aires uno de los principios fundamentales: Londres podrá discriminar a los trabajadores en función de su pasaporte para tratar de limitar la inmigración. Un principio básico de la unidad europea y uno de los leitmotiv de su existencia. Si tuvieran un mínimo de decoro y decencia no se atreverían a regresar a sus países y seguir marcando las normas de convivencia a cientos de millones de ciudadanos. Si tuvieran un mínimo de orgullo, de dignidad y de responsabilidad pedirían perdón a quienes les financiamos sus vacaciones y sus caprichos. Y, sin embargo, tras la cumbre de la vergüenza, están más satisfechos que pavos reales. En qué manos estamos.

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