Vamos a perder la UE para ganar el mundo


Cameron y Merkel están de acuerdo en que la UE necesita al Reino Unido para mantener su importancia política y su competitividad económica. Pero este acuerdo aparente no es más que una ingeniosa expresión de un brutal desacuerdo que instala el chantaje en Bruselas y clava un rejón envenenado en el ideario europeo. Estar de acuerdo en la discrepancia no ayuda a nada. Y por eso viene a colación la respuesta que dio Carlos I a los que le reprochaban su pésimo entendimiento con Francisco I de Francia: «Mi primo y yo -dijo el emperador- estamos completamente de acuerdo: los dos queremos Nápoles». El mismo acuerdo que lucen Merkel y Cameron, dispuestos a pagar con el sacrificio de la política un mercado común mezquino y en manos de tahúres.

En la cumbre de Bruselas del pasado jueves, los mandatarios de Londres y Berlín representaban, en apariencia, dos posiciones enfrentadas. Cameron ejerciendo sobre Europa un chantaje desleal e impresentable, consecuencia inevitable de haber contemporizado siempre con Thatcher. Y Merkel peleando por mantener la UE cohesionada y fiel a sus cartas fundacionales. Pero la dura realidad es que ese enfrentamiento se resume en una conclusión compartida: venderle al diablo el espíritu de la UE a cambio de mantener vivo un cuerpo material afectado de osteoporosis política y artrosis económica.

La trampa en la que cayó Merkel, y con ella sus aliados, fue el creer que no se deben ahorrar esfuerzos para mantener al Reino Unido en la UE. Porque el intento de ceder y no ceder al mismo tiempo es muy infantil, beneficia siempre al fulero, y establece la preeminencia del beneficio económico sobre los valores políticos y sociales. Y significa, sobre todo, que los principios que hacían crecer la UE -la solidaridad y la confianza- que permitían coordinar soberanías ajadas e impotentes, se inmolan de manera irresponsable en el altar de las componendas.

El Reino Unido no tiene razón. Su actitud desleal, y las continuas cesiones de Bruselas, hacen imposible soldar esta fisura abierta en el proyecto europeo. Porque solo unos mandatarios ilusos pueden creer que ceder otra vez supone, en vez de un rearme temerario del gorrón, el fin de una relación caracterizada por el desencuentro y la amenaza. Y por eso, porque es mejor ponerse rojo una vez que un ciento colorado, estoy de acuerdo -¡quién lo podía imaginar!- con lo dicho por Iglesias en la Comisión de Exteriores: «Si quieren irse, que se vayan». Porque el haber aceptado este modelo de negociación ya demuestra, con independencia del resultado, que Europa paga mejor a los traidores que a los leales, que Bruselas renuncia a la legitimidad de la cooperación y la coherencia, y que el egoísmo oportunista de los Estados campa otra vez por sus respetos. Un retroceso de cuatro décadas -al Tratado de París- que vamos a llorar amargamente.

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