Los sueños de Paula


El río Támega bajaba estos días pausado, silencioso y tranquilo, como ausente ante el ruido y el jolgorio de los cigarrones de fondo. En realidad, Galicia entera estaba entregada al alboroto y al desenfreno gastronómico del entroido cuando la muerte llegó disfrazada y atenazó con fuerza su presa. Y se llevó a Paula, la joven que quería ser cantante. El pájaro que apenas acababa de salir del nido y quería volar hasta las estrellas. Un poste se interpuso delante de sus sueños y sus ilusiones aparecieron derramadas sobre la cuneta. Como un tesoro arrojado al abismo. La dama negra ejecutó su danza macabra antes de robarle el corazón a los padres que vivían en la nube con su niña. Como si les quitaran el suelo que pisan, el alimento que toman o la luz de la mañana. No hay nada peor que sustraerle a uno el alma. El llanto más desconsolador es el silencioso, el que se convierte en perpetuo. Ese profundo hueco en la existencia, la cicatriz marcada para siempre en la existencia. Llovía ayer sobre la Costa da Morte, como si el cielo también quisiese llorar la tragedia de O Carrizal, ese tramo de carretera de curvas mortales. Lamentablemente, la auténtica verdad, la más grave, en días de grandes mentiras vestidas de todos los colores, en unos tiempos en los que el destino nos arrastra por ríos de corrientes incontroladas. El Grande do Porto arrastraba ayer por San Cremenzo la tristeza de toda una comarca, la de la Recanteira soñadora. Su María ya no podrá seguir bebiendo las calles porque sus ojos saltones se cerraron para siempre. Lalín también se quedó mudo. Nunca hay palabras suficientes y si por azar las hubiese sonarían demasiado duras y amargas, imposibles para acallar tantos gritos de dolor.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
58 votos

Los sueños de Paula