La ortografía de Cerbantes


La reciente publicación de un libro que reproduce los doce textos autógrafos de Cervantes que se conocen permite saber cómo escribía realmente el genio de las letras españolas. No cómo creaba, sino cómo ponía sus palabras en el papel. En resumen, su ortografía.

Lo primero que llama la atención es su firma, Miguel de Cerbantes, a veces Miguel de Cerbantes Sa avedra. No fue un despiste ocasional. Escribía de forma que cualquiera de sus textos visto con los criterios de la ortografía actual parece un desastre, obra de un iletrado. Los que ahora se conocen son documentos varios, pues los originales de sus obras no han llegado hasta nosotros. Pasaron estos por el filtro de los amanuenses que los ponían en limpio para entregarlos a la imprenta. En ese proceso, los copistas corregían lo que interpretaban como erróneo y a su vez introducían erratas y errores propios. La imprenta, por su parte, se regía por sus particulares normas ortotipográficas, por lo que los textos experimentaban más alteraciones.

Cervantes (1547-1616) vivió en pleno período anárquico de la ortografía. Esta ya interesaba a los gramáticos. Nebrija había publicado en 1517 Reglas de ortografía española. En la época del Cervantes más fecundo había confusión y pugna entre diversas tendencias. La ortografía se basa desde siempre en tres fundamentos: la pronunciación, la etimología y el uso de los escritores prestigiosos. Según la época y los autores, uno pesa más que los otros. Así, una corriente fonetista, partidaria de acercar todo lo posible la forma de escribir a la de hablar, prosperó durante un tiempo, pero a mediados del siglo XVI se le opuso la etimologista, que considera que deben conservarse en las voces de origen griego y latino, fundamentalmente, ciertos rasgos originales. Ello generó bastante caos y fue una de las causas de que cada escritor -o, mejor, cada imprenta- se atuviese a su propia norma.

La anarquía ortográfica se mantuvo hasta el nacimiento de la Real Academia Española. Una de las misiones sintetizadas en su lema es fijar, entre otras cosas, las normas por las que se rige la recta forma de escribir. Entró en materia en el proemio del Diccionario de autoridades y continuó legislando. Fue discutida por muchos ortógrafos, pero ganó autoridad definitivamente cuando la reina Isabel II decretó en 1844 la obligatoriedad de la enseñanza de la ortografía académica en las escuelas.

La ortografía -y aquí se entiende por tal la de la Academia- ha evolucionado bastante desde entonces. La infracción de sus normas suele considerarse fruto de la ignorancia y el error, aunque también hay quien las quebranta desde la discrepancia. En cualquier caso, es absurdo pretender que Cervantes -y como él cualquier coetáneo suyo- se ajuste a unos códigos de escritura desarrollados y fijados siglos después.

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