Podemos, en el gallinero


A los diputados de Podemos y afines los envió la Mesa del Congreso al gallinero del hemiciclo. Ya que no podemos expulsarlos, porque unos cuantos millones de irresponsables se empeñaron en llevarlos al Parlamento, busquémosles un emplazamiento en el que pasen inadvertidos y no escarallen la pulcra y elegante foto de familia. Decretemos su invisibilidad. Evitemos de paso que le peguen los piojos a Celia Villalobos, interrumpan la plácida siesta del presidente en funciones y zumben como moscardones en el cogote de los socialistas. Estos rastafaris son antiestéticos y peligrosos a partes iguales. Les haces la mínima concesión y, en cuanto te das la vuelta, se adueñan de toda la bancada zurda del Congreso. Así pues, apliquémosles la filosofía Jesús Gil, el alcalde que se propuso echar a todas las putas de Marbella para restablecer la dignidad de la ciudad. Lo que no se ve, no existe.

Yo no sé a qué viene tanto alboroto. Acaban de admitirte en el casino, a pesar de tus guedejas enmarañadas, tus piercings, tu estrafalaria indumentaria o tu dudosa higiene y, en vez de acicalarte para la ocasión y pedir prestada una corbata, exiges no solo la revocación de los estatutos de la entidad, sino trato preferente como los socios veteranos. Ilusos. Esas cosas hay que ganarlas a pulso. Quien no da una a derechas lo tiene complicado, porque el mundo no está diseñado para los zurdos: ni el pupitre del colegio ni las palancas de cambio del automóvil.

La decisión de la Mesa del Congreso, además de apelar al derecho consuetudinario, resulta coherente con una actitud muy humana cuyo origen se remonta a la noche de los tiempos: apartar de la vista todo aquello que nos desagrada, inquieta nuestra conciencia o amenaza nuestro estatus más o menos confortable. Para lograrlo, creamos juderías, guetos, lugares de confinamiento, apartheids y barriadas obreras. No nos gustan las fábricas malolientes ni los obreros andrajosos, pero como no podemos prescindir de unas ni de otros, porque disfrutamos de los bienes que producen y de las plusvalías que generan, los llevamos al extrarradio para que no dañen la retina. La basura que gesta el sistema, debajo de la alfombra o en el vertedero. Ojos que no ven, corazón que no siente. Siempre se hizo así y así se hace. Por eso no hay ciudad que se precie que no tenga su elegante barrio de Salamanca y su cinturón rojo, sus escaparates relucientes y sus trastiendas invisibles.

Demostrado que el reparto de sillones en el Congreso está justificado históricamente, tengo más dudas acerca de su eficacia. En mi época de bachiller, cuando el raquitismo de la beca no me daba para mayores dispendios, visité asiduamente el gallinero de los seis cines que había en Lugo. Y puedo dar fe de que, en todos los casos, compartí la misma película que quienes habían pagado entradas más caras. Diré más, ahora que ha prescrito el delito: el sombrío gallinero constituía una excelente posición para bombardear, con cáscaras de pipas, las cocorotas que poblaban el patio de butacas.

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