La invasión de las vainas españolistas


En La invasión de los ladrones de cuerpos asistimos a la titánica gesta del doctor Miles Bennell (Kevin McCarthy) ante la llegada desde el espacio de unas extrañas vainas que aprovechan el sueño de los humanos para sustituirlos por copias alienígenas sin sentimientos.

Aunque hay un magnífico remake de Philip Kaufman de 1978 -La invasión de los ultracuerpos, con Donald Sutherland en la piel de Bennell-, la extraordinaria película de Don Siegel se rodó en 1956, en plena Guerra Fría, así que unos ven en ella un alegato anticomunista (al fin y al cabo los marcianos vienen del planeta rojo) y otros detectan un sutil canto contra el macartismo -no de Kevin, sino de Joseph- porque los malvados extraterrestres quieren anular los derechos individuales con la excusa del interés colectivo.

Siegel no veía nada de esto en su filme y siempre dijo que era una película de marcianos. Yo estoy con Siegel. Pero también creo que la ciencia ficción es, en ocasiones, la mejor forma de aproximarse a una realidad cada vez más alienígena.

Por ejemplo, cuando Carles Puigdemont proclama que «los invasores serán expulsados de Cataluña», me imagino al presidente de la Generalitat como Kevin McCarthy al final de La invasión de los ladrones de cuerpos, huyendo a la carrera de Cataluña, y esquivando en La Junquera a los camiones mientras trata de explicarle a los franceses que unos extraterrestres nacidos de vainas españolistas han ocupado los cuerpos de cinco millones de catalanes y que, si el procés no lo remedia, los dos millones de secesionistas supervivientes corren grave riesgo de transformarse en invasores.

En el The End edulcorado que los productores impusieron a Siegel, el heroico Bennell logra que unos polis pasmones se traguen su historia y hay una redentora llamada final al FBI para frenar el avance extraterrestre.

Pero no sé si tipos ya curtidos como Obama o Merkel tendrán semejantes tragaderas y, cuando Puigdemont llame a su puerta para contarles que unos charnegos alienígenas amenazan Cataluña, igual en vez de avisar a la NASA o a la OTAN telefonean al manicomio de guardia para pedir una camisa de fuerza y una sala acolchada. Más que nada para evitar que al presidente de la Generalitat le suceda lo mismo que a Donald Sutherland en la versión de 1978, que de tanto perseguir ultracuerpos invasores acaba convertido en uno de ellos. Es el riesgo de dar la vaina con cosas de marcianos.

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