En días de expectativa en torno a gobiernos y pactos, líneas rojas incluidas, escasea la flexibilidad y sobra grandilocuencia. Y en tal juego se mueven Podemos, Ciudadanos, los socialistas y sus baronías, e incluso el Partido Popular, que siempre que pierde gana.
Como era previsible, potenciado por el pacto soberanista catalán, una marea de opinión propone el gran pacto nacional. En las primeras horas de la tarde del día 12 el acuerdo de socialistas y Ciudadanos para la Mesa del Congreso se interpretó intencionadamente como inicio de tal pacto. Ayer Iglesias lo transformó ya en un pacto PP-PSOE, o en un tripartito del búnker (sic). Al tiempo que Rajoy acusaba a Sánchez de prometer lo que no puede cumplir, descalificando sus propuestas de pactos y alertando de las consecuencias que tendrían los «disparates» que por sus «urgencias personales» pretende promover. Sánchez a su vez acudía a su geometría variable, copyright de Zapatero, para lograr la reforma federal. Imposible ella sin desactivar la mayoría de bloqueo en manos populares. Lo cierto ayer fue el pacto entre PSOE y Ciudadanos para la mesa del Congreso, frente a la escenificación alternativa de Podemos para la presidencia.
Al tiempo la coalición En Marea, triunfadora en el nuevo tiempo y convertida en la segunda fuerza política de Galicia sobrepasando al PSOE, se encuentra que uno de los argumentos esgrimidos por su alma nacionalista para justificar la coalición con fuerzas estatales (Podemos e Izquierda Unida), frente a la negativa del BNG, que era lograr una voz propia de Galicia, se desvanece a causa de un reglamento del Congreso de más de 30 años que les impedirá tener grupo aparte de Podemos. Las discrepancias entre algún dirigente, ¿quizá cooptado?, de Podemos en Galicia y el propio Iglesias sobre el mantenimiento de En Marea son de tono político insustancial. Más interrogantes despiertan los breves prontuarios de estrategias políticas y la escasez de debates en torno a los problemas de Galicia. Los partidos de la hipotética alternativa, En Marea o socialistas, o la recuperación de la derecha popular y ciudadana, necesitarán este debate. Los gallegos también. O quizá no, y todo el mundo se conforme con el quítate tú que me pongo yo. Pero si tal sucede, a los gallegos les quedará vivir de la Catedral y el Apóstol, el mar del Orzán o de las rías, de las Cíes, de la emigración y las pensiones, de los asentamientos sajones en la Ribeira Sacra o Valdeorras, y la posible economía que genere el banco -de madera- de Loiba en Ortegal.
Si Iglesias y Rajoy -y menos altaneros Sánchez o Rivera- no abandonan sus enfados, será difícil que lleguen a construir alternativas políticas. Porque los enfados no los suaviza la presencia del bebé de Bescansa en el hemiciclo. Mejor sería la palabra, demorada y mojada en este cabo de año de Ángel González: «Entre tanto, es verano otra vez, y crece el trigo en el que fue ancho campo de batalla».