Regreso al pasado (y III)


Los viejos partidos del sistema (desde la derecha a la socialdemocracia) habrían dejado hacer su trabajo durante las décadas pasadas a lo que ellos consideran fuerzas soberanas del mercado, no sin implicarse en sus consejos de administración. Y es así como habría que explicarse lo «asombroso de que en una serie de elecciones que se han celebrado en Europa después de la crisis financiera los partidos socialdemócratas hayan obtenido malos resultados» (Tony Judt).

Porque lo que pueda salvarse del Estado de bienestar, en esas condiciones, lo puede gestionar mucho mejor la derecha política (como hace Merkel, en la privilegiada Alemania de la eurozona, con su gran coalición). Los viejos socialistas habrían fracasado en su defensa de lo público, de lo colectivo, frente a los poderes económicos de sus países.

Ante semejante debacle, social y política, no es extraño que emerjan agentes políticos que busquen conectar con el creciente malestar (cuando tantas cosas van mal) de amplios sectores de la población. Ya sean sectores perdedores consumados o que perciben un alto riesgo de serlo.

En este punto cabría distinguir dos grandes alternativas: los que definen su opción no con menos Estado, sino con mejor Estado, frente a los que centran su opción en un retorno al capitalismo competitivo con menos Estado. En España estas serían las opciones a las que da forma Podemos por un lado y Ciudadanos por otro.

Obviamente, los primeros se enfrentan a una contradicción de fondo insalvable entre su propuesta (más y mejor Estado) y los grupos sociales dominantes. Y aunque cumplan su papel de devolver el orgullo y la autoestima a los cada vez más numerosos perdedores de la sociedad actual, pues no están mejor ni callados ni fuera del sistema político, cambiar el sistema que ha tomado cuerpo en España desde los años ochenta (en la UE, la eurozona y la economía global) obligaría a construir una alternativa que no puede limitarse a un revival de la socialdemocracia de los años setenta. Porque, como sostenía Judt en su libro, el pasado es otro país, no podemos volver a él.

Esa alternativa global tiene que ser otra cosa muy distinta. Que combine: que no todos queremos lo mismo, que se debe mejorar a la mayoría aunque eso empeore a una minoría, que no todo lo que ayude a aumentar la riqueza hará que mejore nuestro bienestar, y que si el Estado no interfiere en el mercado sí lo harán otras organizaciones.

Los segundos lo tienen más fácil para conquistar apoyos desde amplios sectores de clases medias aún sobrevivientes (pero que ven en riesgo tal estatus para ellos o, sobre todo, para sus hijos), también -y esto es crucial- para ser vistos sin riesgo por parte de los agentes privilegiados que se mueven como pez en el agua en la economía global.

Pero su objetivo, y su promesa, de recuperar aquel capitalismo que creaba clases medias es otro revival, es otro país, no podemos volver a él. Pues aunque extinguiéramos el capitalismo de amiguetes interno, se mantendría intacta la ruptura del contrato social de nuestros agentes económicos globales. Quedarían intactos, cuando no reforzados, sus intereses en un Estado mínimo y en un mercado laboral a la medida de sus localizaciones asiáticas. Y, en esas condiciones, recuperar la escalera social y la sostenibilidad del Estado de bienestar se me antoja una quimera.

Porque si eso es improbable para Alemania, que juega con las cartas marcadas dentro de la eurozona y con una presencia económica internacional singular, plantearse que en España podremos reconstruir la clase media trabajadora de los pasados años ochenta me parece el cuento de la buena pipa.

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Regreso al pasado (y III)