Mas da un paso atrás, la secesión dos adelante


Una comunidad de siete millones y medio de habitantes en manos de un partido de tres mil militantes: eso, para pasmo del resto de España y de toda Europa, es Cataluña a día de hoy. Ayer, a media tarde, y contra todo pronóstico, una fuerza de extrema izquierda sin parangón ideológico en los parlamentos de las democracias europeas asentadas, logró torcerle el brazo a Artur Mas, quien, en medio de un ridículo sencillamente colosal, deja una herencia que solo cabe calificar de desastrosa: un país partido en dos, un parlamento del que se han hecho dueños los diputados de la CUP y un proceso de secesión que se ha convertido desde hace meses en una abierta sublevación contra el Estado de derecho. De todo lo que pase a partir de ahora él será, por eso, corresponsable directísimo.

Y lo que pasará a partir de ahora es fácil de prever, pues Mas se ha visto obligado a dar un paso atrás para que el secesionismo dé dos adelante.

No hay más que leer los perfiles que ayer se publicaban sobre la trayectoria política del alcalde de Gerona, que será elegido in extremis nuevo presidente de la Generalitat, para darse cuenta de que lo más relevante del esperpento en que vive hundida Cataluña desde que comenzó la locura de la secesión, es que ese delirio reaccionario, ilegal y antidemocrático va a seguir adelante y, a partir de ahora, con fuerza renovada.

Presidente de la Asociación de Municipios por la Independencia, Carles Puigdemont, llamado a convertirse en el nuevo conducator, es un separatista sin fisuras, que demostró estar dispuesto a desobedecer la ley sumándose a la resolución secesionista aprobada por el parlamento de Cataluña el 9 de noviembre y que asumió su cargo como alcalde jurando «ejercer la autodeterminación de nuestro pueblo y proclamar, junto con todas nuestras instituciones, el Estado catalán libre y soberano».

Su sectarismo territorial y voluntad de discordia quedó clara cuando hace un par de años mostró su determinación de «expulsar de Cataluña a los invasores», es decir, a los catalanes no nacionalistas.

La inmediata elección de Puigdemont no afectará solamente, en cualquier caso, a la política catalana, sino al conjunto de la política española, pues todo indica que la secesión de Cataluña volverá a ser el más grave desafío al que tendremos que enfrentarnos.

La política de pactos entre Partido Popular, PSOE, Podemos y Ciudadanos, de forma directísima, se verá afectada por la casi seguridad de que los secesionistas volverán a la carga con el desvarío de la autodeterminación, lo que tendrá dos consecuencias esenciales: impedirá definitivamente a Pedro Sánchez intentar formar Gobierno con quienes la defienden; y urgirá la constitución de un Gobierno con sólido apoyo en las Cortes, capaz de hacer frente a lo que ayer el secesionismo decidió mantener vivito y coleando: su sublevación contra la convivencia entre los catalanes y la Constitución que la asegura.

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