Cataluña y España, en el callejón del Gato


«Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento». Nunca antes se hizo tan patente la sentencia de Max Estrella. Ha querido el destino que el momento más trágico que vive España desde hace décadas tenga que ser gestionado por los líderes políticos más mediocres que nunca parió la nación. Los héroes clásicos de la política han ido a pasear por el callejón del Gato. Y el resultado lógico es la situación esperpéntica en la que nos encontramos. Esa estética sistemáticamente deformada alcanzó el que por ahora es su momento cumbre en la asamblea celebrada el pasado domingo por la CUP, en la que un grupo de 3.000 personas se aprestaba a decidir el destino de siete millones y medio de catalanes. Y, por extensión, el de 47 millones de españoles. Una exigua muchachada antisistema tenía en su mano dilucidar si Cataluña debe ser gobernada por un patán burgués que la ha sumido en cinco años en la ruina y el descrédito, o si deben convocarse elecciones.

Poner la guinda a semejante despropósito y alargar el clímax parecía imposible, pero los muchachos lo lograron. Tras diez horas de loca asamblea y un sinfín de inextricables votaciones, la CUP consiguió dejar en ridículo a Artur Mas y, a la vez, hacer el ridículo ella misma. Empate a 1.515. ¿Y ahora qué hacemos? Pues lo dejamos para después de las uvas, que ya estamos cansados de votar. Y así continúa Cataluña con su lento suicidio. Pensar que alguien sometido a semejante burla y ridiculizado de manera tan sádica pueda ser un presidente digno de nación o autonomía alguna es algo que solo cabe ya en la cabeza de un Artur Mas que, de tan patético, produce lástima.

La bola extra que la CUP le ha dado al cadáver político trae como consecuencia que el esperpento español vaya a comenzar sin que se haya puesto el telón del catalán. O, más bien, que todo se convierta en un único e inmenso esperpento nacional. Como si de una broma macabra se tratara, los españoles han dejado el Congreso en una situación de ingobernabilidad muy similar a la de Cataluña. Y también aquí parecen todos empeñados en ir al callejón del Gato a reflejarse en los espejos. Mariano Rajoy se obstina en gobernar sin tener los apoyos necesarios para ello. Y la única solución que se le ocurre es pedirle sus votos al mismo al que hace unos días llamó miserable y ruin por tacharle de indecente y corrupto. Pedro Sánchez, que tampoco tiene apoyos para gobernar, se empeña en echarse en manos de Podemos para acabar igual que Mas con la CUP: vejado, ridiculizado y sin los votos. Votos que además, aunque todos quieran ignorarlo, no serían suficientes, porque necesitarían pactar también con los independentistas catalanes. Casi nada. Y, por si a pesar de todo el esperpento se consumara y Sánchez tuviera alguna opción de ser presidente, ya se encargan sus compañeros del comité federal de dejar claro que es solo un pelele que no manda nada. Max Estrella tenía razón. «España es una deformación grotesca de la civilización europea».

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