Belén y Jerusalén


Estas dos ciudades, separadas por una gran muralla antigua de los primeros tiempos de la historia, con grandes puertas que se cerraban de noche y ante el enemigo, estaban abiertas en tiempos del nacimiento de Jesús porque había que empadronarse. Los que venían del exterior -desde Nazaret la familia de José y María- se quedaron fuera de puertas, no entraron en la ciudad e intentaron alojarse en un pequeño pueblo que se llamaba Belén. Se puede visitar la población, todavía pequeña, con casitas blancas como las que se montan en los llamados belenes, y donde todavía cantan los gallos al alba.

Pero hoy, entre las dos poblaciones de Israel y Palestina, se ha levantado otra muralla, mucho más tosca, y que es necesario pasar tras un control de soldados armados vigilando a los pasajeros, peregrinos o trabajadores, para evitar el trasiego de armas terroristas.

El peligro de atentados es muy real, a pesar de los esfuerzos israelíes para controlar el tráfico de armas. Se pueden ver los controles por las calles, bastante seguras para los peregrinos, que hacen las visitas de rigor al Santo Sepulcro o a la Vía Dolorosa, por donde llevó Cristo la cruz de su martirio. Hoy está flanqueada por infinidad de tiendas callejeras que ofrecen todo lo relacionado con los santos lugares.

Belén y Jerusalén siguen estando allí, con sus circunstancias históricas y actuales, donde se mantiene el cuadro de agresiones. Como en los tiempos de Jesús.

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