Un Parlamento diabólico en tierra ignota


Si alguien me hubiera pedido que diseñara un Parlamento diabólico, seguramente habría dibujado algo muy similar a lo que han parido las urnas. Es decir, un reparto de escaños con el que ninguna alianza de izquierda u otra alternativa de derecha tenga posibilidad alguna de gobernar por sí misma, y en el que cualquier combinación de Gobierno de ese tipo sea imposible sin el beneplácito, por activa o pasiva, de los partidos independentistas. Ni la mente más retorcida habría sido capaz de imaginar un escenario tan maquiavélico como este, en el que cualquier hipótesis que no sea un entendimiento entre populares y socialistas deja el futuro de España en manos de aquellos que quieren romperla. La otra única opción posible, la del acuerdo entre PP y PSOE, bien en forma de gran coalición o de abstención de los socialistas para que los populares gobiernen en minoría (con o sin Rajoy), es aún más diabólica, porque supondría que dos señores que acaban de despellejarse y sacarse las tripas en vivo ante todos los españoles, llamándose indecente y corrupto el uno y miserable, ruin y deleznable el otro, estarían condenados a tragarse todos sus insultos y a trabajar juntos para que sus partidos se acaben entendiendo por su bien y el del país.

Los españoles han situado a las fuerzas políticas en el lugar que se merecen por la absoluta irresponsabilidad que han demostrado durante los últimos años, incluidas aquellas que acaban de aterrizar en el Parlamento. El justo castigo a esa política cainita de tierra quemada es la obligación que todos tienen ahora de negociar y dialogar hasta la extenuación, sin tratar de excluir a nadie del juego político sacándolo del tablero. Justo lo contrario de lo que han hecho hasta hoy. Conviene por ello que, de entrada, no descartemos ninguna hipótesis, por loca y disparatada que pueda parecer. Ni siquiera la más descabellada. ¿Qué tal la siguiente como provocación? Un Gobierno de concentración encabezado por Albert Rivera, el único de los cuatro grandes con capacidad para entenderse con los otros tres, que podrían justificar así que, al fin y al cabo, no están favoreciendo a su principal enemigo y renuncian con sentido de Estado a sus propios intereses en aras de la gobernabilidad. Sería la opción que daría más estabilidad, con una aplastante mayoría de 322 escaños, nadie incumpliría su palabra y tendría además la virtud de comprometer a todos en el futuro de España y de que solo los que quieren romperla se queden fuera. Imposible. Demasiado bonito para ser verdad.

La buena noticia es que, sea cual sea, al final habrá algún acuerdo. No crean una palabra de lo que están escuchando. Será muy difícil que se repitan las elecciones, porque el más beneficiado sería el PP, que se comería casi todos los sufragios de Ciudadanos ante el pavor del voto moderado a un Gobierno liderado o apoyado por Podemos. Agárrense. Nos esperan días apasionantes porque estamos en tierra ignota. Y los análisis hechos con los parámetros de lo que ha sucedido hasta ahora no sirven para nada.

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