Humanizando a Mariano


La única campaña posible. Mariano Rajoy ganó ayer unas elecciones que hace seis meses tenía perdidas. Tras el soberano batacazo de las municipales de mayo, pocos daban un duro por la remontada. Lo decían fuera del partido y también dentro. El presidente del Gobierno se vino de vacaciones a Ribadumia en agosto pasado con muchos de los suyos especulando con un eventual relevo de candidato. Mientras él se bañaba plácidamente en el Umia y recorría de buena mañana los caminos de Armenteira, algunos de sus compañeros rumiaban a sus espaldas la necesidad de poner fin a su liderazgo. Renovación y limpieza, proclamaban. Solo así se sostendrían las costuras del PP para reeditar el triunfo.

Pero Rajoy hizo lo que mejor sabe hacer. Esperar y cocinar estas cosas a fuego lento. Y el sofoco se diluyó por falta de gasolina. Y se presentó a estas elecciones con un guion tan incómodo para los puristas de la democracia como ajustado a sus intereses. Nada de debates a cuatro ni espacios incómodos para sus registros como orador. Lo suyo iban a ser los programas deportivos, los Bertines y María Teresas... Humanizar al diletante Mariano, el presidente del plasma. El corolario de esta idea llegó de la forma más inopinada: recibiendo un soberano guantazo en casa, en las calles que lo vieron crecer. La leche que lo hizo definitivamente carne y hueso.

El PP se llevó ayer un correctivo. Cierto. Solo en la provincia, cosechó el peor resultado en 26 años. Pero con la mochila que llevaba a cuestas, con la Gurtel, los trajes, sobres y demás escándalos, parece un magro castigo si el partido tiene en la mano seguir gobernando este país.

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