La gran encrucijada monetaria


Al intentar resumir lo que durante todos estos años ha sido la acción pública dirigida a combatir el marasmo económico, una conclusión se va haciendo cada vez más contundente: la gran política de este tiempo -quizá podría decirse que la única- fue la monetaria. Si a los banqueros centrales les hubieran dicho en el 2006 que su estrategia persistente durante buena parte de la década siguiente consistiría en una combinación inédita de medidas muy heterodoxas -aquellas que los manuales más desaconsejaban-, sencillamente no lo hubieran creído. Y sin embargo, ahí están los tipos de interés cero (o negativos), las compras masivas de bonos, una política cuantitativa que ha quintuplicado el balance de algunos de los principales bancos emisores.

Ninguna de las grandes entidades de banca central ha permanecido al margen de esas operaciones «no convencionales», siendo el BCE el último en llegar a su aplicación radical. Sin embargo, hace tiempo que sabemos que esas políticas se acercan inexorablemente a su punto de inflexión. Algo para cuya descripción no cabe mejor término que el algo tópico de encrucijada: en el caso norteamericano, las ventajas que los tipos cero han venido ofreciendo ya están prácticamente agotadas, y sus costes en términos de una mayor volatilidad y formación de nuevas burbujas son ya muy perceptibles. En consecuencia, todo indica que en unos días la Reserva Federal dejará oficialmente atrás la que ha sido su marca de identidad durante siete largos años.

A ese cruce de caminos los grandes banqueros centrales se acercan de un modo divergente. Frente al viraje norteamericano hacia una estrategia más restrictiva, Mario Draghi acaba de profundizar en la línea de estimulación monetaria masiva, la cual, según él mismo ha anunciado, «no tendrá límite». De ese anuncio no es difícil entresacar dos conclusiones poco confortables: que la atonía y la amenaza de japonesización siguen siendo los principales signos que identifican a la coyuntura europea; y que ninguna otra política acaba de funcionar, por lo que es obligado llevar las compras de bonos hasta el final.

El resultado es que, ahora sí, las orientaciones de las políticas de los dos principales bancos centrales están a punto de cruzarse, como los mercados han venido anticipando -y temiendo- desde hace meses: el banco que durante años fue más remiso a provocar expansión será ahora quien la lleve a efecto, frente al antes criticado campeón de los estímulos. Al tratar de predecir los efectos de ese entrecruzamiento, las opiniones de los expertos divergen. Hay quien cree que precisamente por saberse desde hace meses que tal cosa iba a ocurrir, sus efectos están ya descontados. Pero tampoco falta quien vea en ello una fuente segura de nuevas perturbaciones, con el trasfondo de un comercio y unas finanzas internacionales que distan de estar estabilizados. Los próximos meses podrían ser, de nuevo, demasiado interesantes.

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