Rearme


Cualquier insignificante, tarado o no, puede matar a un centenar de personas en un campus americano o en una escuela, en un campamento de niños en Suecia o a los mandos de un avión alemán. De hecho, ocurre con una vergonzosa frecuencia sin necesidad de que comparezca terrorista alguno. Es fácil. Cualquier inútil puede. Las matanzas terroristas buscan algo más y dependen completamente de sus efectos para alcanzar el éxito. Les habrá encantado, por ejemplo, haber metido a los belgas en sus casas unos cuantos días. Y todo el alboroto mediático. Y la gira de Hollande en busca de apoyos para hacerse el hombrecito ante los franceses, tan poco amigos hasta hace nada de la cooperación antiterrorista y tan propensos a crear Estados fallidos por doquier.

A los terroristas les ha salido redondo, porque reaccionamos como los niños del botellón: beben, ríen, gritan e impiden el descanso de los demás, pero bien cuidados, primero, por la policía municipal y, después, por los servicios de limpieza, que han de recoger sus caquitas y fregar sus orines. De modo que, si hay peleas, heridos o destrozos, la culpa es del ayuntamiento, nunca de ellos, de sus padres o de la bebida.

Europa responde igual: lo primero es el botellón y, si hay problemas, se mira hacia el Gobierno para exigir responsabilidades por no haber espiado lo bastante, por no haber cacheado a más gente, por no cerrar fronteras -destrozando, de paso, uno de los elementos nucleares de la Unión- y por no meter a todos en sus casas. Porque si nadie se mueve, resulta más fácil pillar a los broncas que interrumpen el botellón o el Black Friday al que antes llamábamos rebajas. Tenemos que rearmarnos, sí, pero de ideas.

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