Nos habíamos olvidado de Mali


Nos habíamos olvidado de Mali, pero también de Nigeria, de Kenia, de Somalia y de Etiopía. Como nos habíamos olvidado de Libia, Pakistán y Yemen. Nos habíamos olvidado de que, además de en Europa, el terrorismo islamista ha golpeado y sigue golpeando África y Asia. Nos habíamos olvidado de todas las víctimas que no son blancas y occidentales, de todos aquellos que no viven en Europa o en los llamados países del Primer Mundo.

Pero un día sí y otro también estallan bombas en algún mercado concurrido de Bagdad, en un centro educativo de niñas en Pakistán, en una calle de Somalia o en algún recodo de Yemen.

Un día sí y otro también grupos de criminales como Boko Haram secuestran a cientos de niñas en Nigeria y, tras varios días siendo el foco de atención, caen en el olvido, como también les ha sucedido a las mujeres yazidíes capturadas por el Estado Islámico en Irak, cuya suerte se ha descubierto hace unos días al abrirse una fosa común donde yacían los cadáveres de decenas de ellas.

Y también nos habíamos olvidado de que, tras una guerra civil en Siria que va camino de los cinco años o por la inestabilidad de Irak tras la invasión del 2003, millones de refugiados se apelotonan en los países vecinos en condiciones paupérrimas y que debiendo elegir entre campamentos sin esperanza o el tenebroso mar Mediterráneo, optan por lo segundo.

La llegada masiva de emigrantes desde mediados de este año, los atentados de París y el asalto de unos terroristas a un lujoso hotel de Bamako nos han recordado que en el mundo ya no hay fronteras para el terror y que ahora ya solo cabe actuar de manera coordinada y conjunta en todo el mundo para acabar con esta lacra del siglo XXI.

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