Mujeres al borde del abismo


No es nada nuevo. No me atrevería a decir que es tan antiguo como nuestra existencia en la tierra, pero casi. Y es que ni siquiera en el siglo XXI, en la era de la globalización, de las comunicaciones electrónicas, de los avances para llegar a Marte, cuando las Naciones Unidas celebran su 70º aniversario, cuando el sistema democrático es, en teoría, el gran avance político y la vigilancia y protección de los derechos humanos una cuestión básica, hemos conseguido eliminar la lacra de la ley del más fuerte, la violencia del depredador sobre su víctima. Ha sido esta una semana aciaga para la situación de la mujer. En nuestro país, tres mujeres han sido asesinadas a manos de sus exparejas en menos de 72 horas, sumando ya un total de 39 en lo que llevamos de año. Una cifra que quizás sea muy superior si se añadiesen esos otros fallecimientos que no se califican como resultado de la violencia de género aunque sí lo sean en realidad.

En los caminos que conducen al paraíso europeo y que estos días inundan miles de refugiados que huyen de la guerra, tal y como denuncia Acnur, muchas mujeres y niños son víctimas de la explotación sexual o de violaciones y abusos. Lo mismo que lleva sucediendo a tantas mujeres subsaharianas que llegan a nuestras costas embarazadas o con bebés o a las que son obligadas a prostituirse para pagarse viajes de precios imposibles al sueño europeo. Ello sin mencionar el uso de la violación como arma de guerra y de la que se han hecho unos sádicos maestros los tiranos africanos o los desnortados del Daesh.

Ya sea en nuestras casas, nuestras calles, nuestros trabajos o en el camino rumbo a una vida mejor, las mujeres, hoy como ayer, seguimos viviendo al borde del abismo.

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