De la solemnidad a la petulancia


Con la solemnidad que caracteriza a la política catalana desde que Jordi Pujol i Soley sucedió (1980) al austero marqués de Tarradellas, Josep Tarradellas i Joan, en el palacio de la Generalitat, los grupos parlamentarios Junts pel Sí (CDC y ERC) y Candidatura d?Unitat Popular (CUP) registraron ayer una propuesta de resolución para que el Parlamento de Cataluña inicie el «proceso de creación del estado catalán independiente en forma de república». Y añado yo, sin ventanas a la calle para no airear la podredumbre de la política catalana y alicatado hasta el techo para más seguridad.

Y siguiendo con la chulería que personifican estos secesionistas de viejo y nuevo puño (¡cómo deben tiritar los de la alta burguesía que tan alegremente les han alentado!), el texto que aprobarán añade que «este Parlament y el proceso de desconexión democrática no se supeditarán a las decisiones de las instituciones del Estado español, en particular del Tribunal Constitucional, a quien considera deslegitimado y sin competencia a raíz de la sentencia de junio de 2010 sobre el Estatut», e insta al futuro Gobierno «a cumplir exclusivamente aquellas normas o mandatos emanados del Parlament». Y también dos huevos duros, que dirían los hermanos Marx.

Con tanta petulancia es normal que estos demiurgos hayan hecho todo lo posible e imposible por silenciar durante 35 años al viejo Tarradellas, contrario a la independencia de Cataluña y al concepto de Países Catalanes que con tanto ardor guerrero pregonan varios desde el viejo condado y algunas de sus franquicias en Valencia y Baleares. Por eso conviene recordar hoy las palabras de Tarradellas, el «traidor a Cataluña, el mal político y el vendido a la monarquía española», en su libro Ja sóc aquí, record d?un retorn:

«Soy demasiado consciente, por mi larga experiencia política, que el grito, la reivindicación fuera de lugar y fuera de tiempo, la autosuficiencia que lleva al aislamiento, son por desgracia constantes políticas en la historia del catalanismo. Su cara mala ha prevalecido muchas veces, y así han ido las cosas. Negociar pensando que el interlocutor no tiene ninguna razón y que nos ha de dar todo lo que queremos, es la negación misma del principio de negociación».

Pues eso, el grito, la reivindicación fuera de lugar y de tiempo, y la autosuficiencia está llevando de nuevo a muchos, como antaño, a un callejón del que saldrán trasquilados, procesados, condenados e inhabilitados. Y a parte de esos muchos que quieren huir de España les atrapará la ley, con la que tienen cuentas pendientes y para la que está en marcha el reloj inexorable de la Justicia. La misma que Rajoy, Sánchez y Rivera, con el respaldo de infinidad de catalanes y del resto de españoles, aplicarán porque, como ha dicho el compostelano, el Estado no va a renunciar al uso de todos los mecanismos jurídicos que le atribuyen la Constitución y las leyes.

Otra noche triste se cierne sobre los buenos catalanistas por culpa de unos iluminados que quieren fugarse con sus fechorías al hombro mezclados entre los anarquistas de la CUP.

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