Otro agravio al zurrón


No le viene nada mal a Artur Mas la imputación del Tribunal Superior de Cataluña que conocimos ayer. Otro agravio que echa a su zurrón de injurias y ultrajes. Preparémonos para asistir a una defensa a ultranza del predicador catalán, víctima de la persecución del Estado represor y a un paseíllo histórico hacia el tribunal, el próximo día 15, incluida la sonrisa burlona a la que ya nos hemos acostumbrado.

Porque son, precisamente, la desobediencia y la usurpación de funciones, de lo que se le acusa ahora, lo que le hace fuerte ante su rebaño, entregado a sus veleidades y jaleando permanentemente su rebeldía y resistencia a las imposiciones de quienes quieren arruinarles la vida. Gran parte del éxito político de Más se sitúa, precisamente, en la insubordinación y resistencia.

Lo que para cualquier otro mandatario español sería una acusación preocupante, para Mas es una bendición; una «anomalía democrática» y un «juicio político», como ya se nos ha dicho. Y es que la desobediencia, a lo que no conviene o gusta, y la usurpación de funciones han sido siempre el leitmotiv sobre los que se viene asentando su aventura independentista; quizás alentados por Giacomo Leopardi, aquel conde, poeta, pero sobre todo bon vivant, que decía que la desobediencia a la ley no puede ser impedida por ninguna otra ley.

Quien es capaz de decir que «el concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado» y más tarde convertir un 47,74 % en una victoria arrolladora que le obliga a seguir su aventura, es capaz de transformar un delito en una virtud. O un caradura insolente en un mártir.

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