El enorme potencial científico de España


Recientemente tuve el gran honor de asistir como ponente invitado al Encuentro de Científicos Españoles en Estados Unidos, que tuvo lugar en la Universidad de Georgetown. Dicho encuentro fue organizado, entre otros, por la asociación de Españoles Científicos en EE.UU. (Ecusa) y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt), con el objetivo de dar a conocer el grandísimo trabajo que la comunidad científica española en Estados Unidos está realizando en los campos tan diversos como la biomedicina, la física, las ciencias de la Tierra, la economía, etcétera.

En dicho encuentro, que fue inaugurado por los reyes de España y que contó con la participación de personalidades de gran relevancia dentro del mundo científico español y mundial -como Carmen Vela, Secretaria de Estado de I+D+i; José Ignacio Fernández, director general de la Fecyt; el doctor Valentín Fuster, director general del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares y de la división de Cardiología del hospital Monte Sinaí en Nueva York; el doctor Emilio Méndez, premio Príncipe de Asturias de Ciencia y Tecnología 1998 y el doctor Josep Baselga, director del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, entre otros- quedó constancia de la buena salud y la gran calidad de la ciencia hecha por españoles, que, por desgracia no se corresponde con la situación de la ciencia en España.

Es de dominio público la gran caída de las aportaciones de las Administraciones públicas a la ciencia. Para no aburrir al lector con datos, solo aportaré tres ejemplos. El Ministerio de Educación no convoca ayudas para movilidad posdoctoral desde el 2011, el CSIC agoniza con un presupuesto a niveles del 2007, el gasto destinado a I+D+i es del 1,24 % del PIB (en el 2010 fue del 1,4 %) mientras que la media europea es del 2,06 %, etcétera.

Digámoslo claramente: España no dedica los recursos necesarios para desarrollar su enorme potencial científico, tiene otras áreas de atención, y habla de gasto en ciencia cuando no lo es, es una inversión de futuro. Loables iniciativas como las de las fundaciones Barrié, Martín Escudero y otras no son suficientes para compensar la dejación de funciones por parte de las autoridades. En épocas de crisis los países más desarrollados han tomado el camino opuesto, aplicando como receta para salir de la crisis más y más inversión en ciencia. Un país sin ciencia es un país pobre. Podrá tener épocas de bonanza económica basadas en hechos ficticios, como las burbujas inmobiliarias, pero nunca disfrutarán de un desarrollo sostenible y prolongado.

Por ello, se mezclan en mí sentimientos contradictorios después de dicho encuentro. Por un lado, siento una gran alegría por ver las grandes aportaciones que los españoles estamos haciendo a ese bien universal del que se beneficia toda la humanidad llamado ciencia, pero también siento una gran tristeza al imaginar cómo sería España si todos los científicos emigrados pudiésemos contribuir a su desarrollo, generando riqueza y conocimiento.

Es por ello que afirmo que ha llegado la hora de que la sociedad exija a sus dirigentes que cambien su modelo económico. Pero no podemos dejarlo todo en sus manos, los científicos también somos parte del problema, ya que en ocasiones no somos capaces de hacer llegar al resto del país la importancia y las implicaciones de nuestro trabajo; tenemos que divulgar más, hacer la ciencia asequible al gran público, y es ahí donde justamente Ecusa tiene mucho que aportar, favoreciendo los vínculos entre científicos españoles y proporcionándoles a su vez un altavoz de difusión de sus logros.

Asumamos todos -sociedad, políticos, empresarios y científicos- nuestra responsabilidad y coloquemos a nuestro país en el lugar en el que potencialmente le corresponde.

Autor Carlos Sierra Sánchez Doctor en ingeniería industrial y becario de la Fundación Barrié en la Universidad de Columbia

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