36 años después


Acaba la campaña en Cataluña y, con la batalla entre el sí y el no reducida ya a la afonía mitinera, me acuerdo de Julio Camba, que decía que no era nada internacional, sino de Vilanova de Arousa. No le gustaba demasiado el nacionalismo. Por no ser, no era ni nacionalista de sí mismo, que es algo que ahora se estila mucho con el individualismo rampante de los neoliberales. Aunque algunos lo tachen de nacionalista español -el nacionalista piensa que entre en el nacionalismo español y el suyo solo hay un páramo ideológico-, tampoco cojeaba de ese pie porque viajó demasiado para tener tantas dioptrías. El único nacionalismo que pudo practicar tal vez fue el de la habitación 383 del Palace, que al final de su vida era el cuarto alrededor del cual viajaba con sus palabras y sus artículos, pero a efectos de la ONU y esas movidas yo creo que ya no cuenta.

El nacionalismo que menos le gustaba era el nacionalismo gallego, y solo disculpaba una cierta tendencia a la autarquía en la Illa de Arousa, que entonces no tenía puente y con las tempestades se quedaba a solas en medio de la ría.

En 1918, de regreso de Galicia, escribió una columna demoledora en El Sol: «Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid».

En Getafe no sé, pero en Cataluña, 36 años y muchos miles de millones después, ya tenemos una nación a la que, para alicatarla hasta el techo, le quieren poner un Estado. Lo de plantarle encima un Estado a cada nación responde al mismo temible principio que esgrime la santa cuando añade otro mueble con nombre de saga nórdica al carrito de Ikea:

-Es que una cosa pide la otra.

Camba ya auguraba en 1918 que, en el fondo, lo de construir un país nuevo era un suculento negocio para el fabricante, y eso que todavía faltaban doce años para que naciese Jordi Pujol: «Al cabo de unos cuantos años, yo habría terminado mi tarea y me habría ganado una fortuna. Y si alguien osaba decirme entonces que Getafe no era una nación, yo le preguntaba qué es lo que entendía él por nación, y como no podría definirme el concepto de nación, lo habría reducido al silencio» .

Yo creo que Camba nunca dejó de ser aquel jovenzuelo anarquista al que expulsaron de Argentina por haber montado una huelga general. Y, claro, un anarquista jamás llega a entender para qué puede alguien querer algo tan aparatoso como un Estado.

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