Siria y la partida entre Rusia y EE.UU.


Uno de los mitos esgrimido por los dictadores de Oriente Próximo para mantenerse en el poder es la responsabilidad histórica que el Reino Unido, Francia y Estados Unidos tienen sobre la falta de progreso de sus sociedades. La falta de una ideología propia, de un referente político autóctono salvo la religión y, en algún otro caso, el nacionalismo socialista, han mantenido a la mayoría de estas sociedades, sobre todo, en los ámbitos más desfavorecidos, unidas bajo el odio a lo occidental. La acumulación de la riqueza en manos de las oligarquías del dictador tunecino Ben Alí, el egipcio Mubarak o el sirio Al Asad, o en las familias reales de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, consentida por un Occidente preocupado en garantizar la estabilidad de la región productora de petróleo, ha hecho que se haya enquistado esta imagen, verdadera solo en parte.

La innegable responsabilidad que tanto Estados Unidos como Rusia tuvieron en las dos guerras de Afganistán, germen de Al Qaida y cuna de los yihadistas, y la dejación de su deber de actuar en Siria, sobre todo con la aparición del Estado Islámico, perpetúan esta percepción. Pero, de ahí a que al Asad acuse a Occidente de haber creado el EI y que nos culpe de la oleada de refugiados media el abismo de un dictador que asesina a su propio pueblo para perpetuarse en el poder. El inicio de negociaciones entre EE.UU. y Rusia, principal valedor de la Siria oficial, abren una pequeña ventana a la esperanza para el germen de la oleada de refugiados: la guerra de Siria, con Al Asad como obstáculo a eliminar.

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Siria y la partida entre Rusia y EE.UU.