Gais, independentistas y otras rectificaciones


La vida es mucho más real que la política. La política condujo un día a la dirección del PP a confiar un puesto de mando a Javier Maroto, un inteligente joven vasco que es homosexual. Era una señal de apertura y daba al equipo gobernante un toque zapateriano insólito en los despachos de Génova 13. Llevar al poder a un homosexual era un signo de modernidad. Pero la vida tiene sus ciclos y Maroto decidió casarse, naturalmente con una persona de su mismo sexo, y la Moncloa tropezó con un dilema: ¿Debe asistir Rajoy a la ceremonia? ¿Cómo puede asistir si antes ha recurrido ante el Tribunal Constitucional la ley que autoriza los matrimonios gais? ¿Qué hace con todos los discursos en que amparaba las uniones de hecho, pero no podía aceptar el vínculo matrimonial? Seguro que el presidente nunca se encontró con un problema tan tonto.

Bueno, sí: cuando llegó al poder y topó con la ley del aborto, la de los plazos de Zapatero, que también había recurrido al TC y había prometido cambiar. Se lo encomendó a Ruiz Gallardón y acabó cargándose al ministro, que se pasó de contrarreformista. Tuvo que hacer un pequeño arreglo en el tema de las menores para decir que había cumplido. Tuvo que aceptar los plazos para no quedar como un retrógrado. Ahora puede ocurrir que el tribunal dé la razón a su recurso y le obligue a hacer la reforma que como gobernante no pudo acometer. Sería la coña.

No es el único caso. Artur Mas se hartó de decir hace años que la independencia era un asunto anticuado, que ahora la independencia es otra cosa. Y llegó la vida con sus jugadas, con su ineficacia en el gobierno, con su pérdida de votos, con la corrupción que le acecha, y la anticuada independencia se le hizo modernísima. ¿Sabéis por qué? Porque le hace el inmenso favor de que no se debata su gestión como presidente, de camuflar su caída electoral en una lista conjunta con su adversario y que no se hable de mordidas, porque es más emocionante debatir la ruptura de un Estado.

Y ayer mismo el venezolano Leopoldo López fue condenado a casi 14 años de prisión, la pena máxima, por oponerse al régimen de Maduro. Para el partido Podemos era una prueba, porque después de tanta asesoría y tantos vínculos ideológicos, la sentencia de López es indefendible para un demócrata. Y Pablo Iglesias, a quien le crece más el realismo que los votos, se puso ante los micrófonos, hizo de tripas corazón y no tuvo más remedio que aceptar que no le gustan las condenas políticas. Es poco, pero tampoco se le puede pedir la fe del converso.

Como veis, la política es el arte de acomodarse a la vida. Los que saben anticiparse pueden hablar sin complejos. A los que no, la vida los condena a una constante rectificación.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
31 votos

Gais, independentistas y otras rectificaciones