Las estrategias electorales


Una muestra inequívoca de que ha terminado el veraneo oficial es que acaba de comenzar la liga del fútbol. Los partidos políticos se aprestan también a una competición que se presenta muy disputada. Las estrategias electorales parecen suficientemente establecidas en sus líneas fundamentales, aunque en casos habrá que descubrirlas detrás de arabescos y filigranas que pretenden disimularlas. Todas pretenden alcanzar el poder. La diferencia consiste en su para qué. Obviamente para desarrollar un programa de gobierno, que en ocasiones, no es solo un muestrario de magníficas intenciones, sino el encubrimiento de lo que se pretendería hacer una vez conquistado aquél. Ilumina lo que está aconteciendo en Grecia, que es traído por unos y otros. El populismo de Tsipras está revelando su estrategia, que no es la de un iluminado. El radicalismo, mamado en su procedencia de origen, valió para llegar al poder; la apelación al nacionalismo, con una aversión soterrada a la ocupación alemana, permitió un rotundo triunfo en el referendo que convocó. La aceptación del rescate propuesto por la nueva troika, le vale para desprenderse de sus compañeros acampados en el radicalismo inicial, incluido su provocador ministro de Economía, transmitir una sensación de razonabilidad que los socios europeos necesitan y afrontar unas elecciones que le refuercen con el convencimiento ciudadano mayoritario de que es el único que puede conseguir mejores o menos malas condiciones de la Unión Europea. Sobre el bipartidismo se cargan los males de la crisis y la nueva Syriza sería el partido hegemónico de la izquierda instalada en el poder. Ese es el objetivo por lograr. En ese espejo podría reflejarse Podemos aunque no todos sus objetivos hayan sido cumplidos. Tal como van los sondeos no parece que se ha merendado al PSOE, ni que sea gobierno de la Nación, pero puede ser decisivo para su formación. Es la diferencia. Hasta ahora la estrategia del líder socialista ha consistido en pactar con quien le ayudase a tocar poder. No es temerario pensar que la siga manteniendo en las elecciones generales. Es la preocupación del PP. Su estrategia electoral se orienta a transmitirla a los ciudadanos. El mensaje se hace rotundo. En Cataluña lo fundamental es el no a los independentistas, tratando de rebasar a Ciudadanos. Con Mas no se puede hablar. La cuestión catalana y la reforma de la Constitución en la que insisten los socialistas y otras reformas regeneracionistas quedan para más tarde o para el pacto si fuese imprescindible. Se insiste en lo que puede perderse si se produce la eventual componenda de socialistas con Podemos. De paso se anuncian con regularidad reivindicaciones sociales que tanto éxito dieron a las formaciones emergentes; puestos a prometer ¿quién da más? Se trata de desagraviar a colectivos afectados por los recortes y de apelar a la responsabilidad de electores ideológicamente contrariados. La estrategia del pragmatismo. Es lo que hay.

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