Nacionalismo franquista, nacionalismo catalán


«Franco en los años sesenta nos envió a mucha gente, cargó trenes con gente, para ver si de alguna manera nos diluía. Porque él quería a Cataluña, amaba a Cataluña, pero quería una Cataluña castellana». Tal eructo (¿cómo calificarlo si no?) con el que Montserrat Carulla, candidata independentista de Junts pel Sí en las elecciones catalanas, ha animado una precampaña ya embalada por el resbaladero del más absoluto despropósito, constituye mucho más que una falsedad histórica, bien expresiva del delirium tremens en que el secesionismo se ha instalado: supone, sobre todo, una ofensa inadmisible para los millones de españoles humildes, cuando no pobres de solemnidad (andaluces, gallegos, castellanos o extremeños), que marcharon a trabajar a brazo partido a Cataluña para huir de la miseria de su tierra, en busca de un futuro mejor para ellos y sus hijos.

De hecho, sin esa ola de inmigración interior de grandes proporciones -los charnegos, así calificados, con xenófobo desprecio, por una parte de la sociedad catalana, sobre los que Juan Marsé dejó escritas varias novelas que están entre las mejores publicadas en España en la segunda mitad del siglo XX-, Cataluña no habría llegado jamás a convertirse en uno de los principales motores de la economía nacional en la época en que España comenzó a dejar atrás la trágica herencia de la guerra. Fueron, a fin de cuentas, las plusvalías obtenidas de esos trabajadores por los patronos catalanes, en una época en que los derechos laborales brillaban por su ausencia, los que ayudaron despegar a un territorio que no les han hecho, ni de lejos, la justicia que merecen.

Muy por el contrario, ahora resulta, según Carulla -quien expresa con seguridad la opinión de muchos nacionalistas, como lo demuestra la circunstancia de que ninguno la haya desautorizado de inmediato- que esos inmigrantes (la inmensa mayoría hoy tan catalanes como los que se apellidan Font, Ferrer, Raventós, Pujol o Prat) no constituyen parte esencial de un país que fue de acogida antes de que el nacionalismo hiciera de la identidad excluyente una de sus banderas de combate, sino supuestamente la masa de ocupantes que Franco utilizó como borregos para diluir la identidad de Cataluña.

Tal majadería es, por supuesto, otra de esas burdas manipulaciones de la historia a la que el nacionalismo nos tiene habituados. Si para él toda la historia de España, desde los Reyes Católicos en adelante, no ha sido otra cosa que la de la constante agresión española a Cataluña, es comprensible que la huida de la España pobre hacia la que ofrecía trabajo, aun en condiciones de clara explotación, sea interpretada como una conspiración de Franco contra la identidad catalana. Curiosamente, en esa concepción conspirativa de la historia se parecen también el nacionalismo franquista y el nacionalismo catalán.

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Nacionalismo franquista, nacionalismo catalán