El nacionalismo catalán como problema


Algún día, muchos catalanes se sentirán avergonzados del papel que les ha tocado jugar en un momento crítico de la historia de España como el que atravesamos ahora. Recordarán estos catalanes cómo el nacionalismo aprovechó de manera ruin la situación de crisis económica para tensar artificialmente la cuerda con el resto de España, tratando así de volcar a su favor la comprensible ola de desesperación y de egoísmo. En un momento en el que, como ha ocurrido en períodos difíciles de la historia de España y de cualquier otro país, los políticos estaban llamados a dar lo mejor de sí mismos y a aportar soluciones, el nacionalismo catalán mostró su pequeñez y su mediocridad exacerbando los instintos más insolidarios de un pueblo que ha dado en muchas otras épocas sobradas muestras de su grandeza.

Cuando todo esto pase y se reconduzca de manera civilizada el gravísimo conflicto que algunos azuzan de manera irresponsable, recordarán con vergüenza algunos catalanes cómo se dejaron arrastrar por el delirio del que es sin duda el más mediocre de los líderes que ha dado el nacionalismo. Decía Pío Baroja que el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando. A esos dos remedios cabría añadir el diagnóstico de que el nacionalismo se contrae por contacto con la crisis. Y por eso es sorprendente que muchos, incluso entre los críticos de Artur Mas, no aprecien la evidente vinculación entre el brote secesionista en Cataluña y el descarado intento del presidente de la Generalitat de ocultar su fracaso como gestor canalizando el descontento y la escasez de oportunidades hacia un odio a España y a lo español, a los que se culpa de todos los males. Manipular la frustración de los que menos tienen, pero también la insolidaridad de los que tienen más y no quieren aportar nada al bien común. Se trata de una estrategia utilizada de manera recurrente en tiempos de crisis por el nacionalismo, que pocas veces ha hecho grandes aportaciones a la historia de la humanidad.

Conviene diferenciar, en todo caso, entre el nacionalismo democrático y el violento o el que se sitúa por encima de la ley. Contra estos últimos poco hay que decir, porque solo cabe aplicar el Estado de derecho con todas sus consecuencias. Pero contra el primero, lo que debe haber es una batalla no solo ideológica, sino también didáctica, ya que la historia demuestra que contemporizar con el nacionalismo o hacerle concesiones solo sirve para hacerlo cada vez más fuerte. Esa batalla empieza a perderse en España desde el momento en el que parece que haya que pedir perdón por pronunciarse abierta y firmemente en contra de todo nacionalismo. Sin matices. Algo que deben comprender cuanto antes los que llevan años tratando de situarse como árbitros en una inexistente frontera entre España y Cataluña, y también los que alternan sin criterio la zanahoria y el palo con el nacionalismo, sin comprender que tan inútil es aquí lo uno como lo otro, porque de lo que se trata es de hacer pedagogía.

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