Una habitación con vistas


Hay lugares cuyas trágicas peculiaridades están reñidas con los carteles que las agencias de viajes imprimen para llamar la atención de los clientes. Podríamos salirnos de la página enumerándolos. Son lugares en los que los problemas del tráfico o de la recogida de basuras de aquí sonarían a humor negro. El reto en estas ciudades es aguantar un día más. Sobrevivir a hoy. Llegar a mañana, sobrevivir a mañana. Y así sucesivamente. Podríamos hablar de Saná, en Yemen, o de Kinshasa, en la República Democrática del Congo, o de Darfur, en Sudán. En esta imagen de Kabul, Afganistán, cinco niños se apoyan en el marco de una ventana sin cristales. Los cristales no se ven porque están más abajo, fuera del foco de la cámara, hechos añicos. Alguien acaba de poner un coche-bomba en la calle, matando a cuatro personas y dejando heridas a otras 17. La cosa es ya tan habitual, los ojos de un niño nunca mienten, como aquí, por ejemplo, lo es que un concejal decida colocar una jardinera en tal calle y un grupo de vecinos diga «qué bonitas están las flores» y otros piensen «y en esto se gastan nuestro dinero...». En algunos lugares las habitaciones de agosto son un invierno perpetuo. No hay libro de reclamaciones para anotar las quejas. En Kabul, la vida es un peligro. No hace falta ser ministro y reunirse con Rodrigo Rato para tener un problema. Basta con respirar.

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Una habitación con vistas