La secesión ¡con el 31 % de los electores catalanes!


«Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio». Don Quijote se trastornó convencido de la realidad de sus delirios. A Artur Mas le ha pasado como al caballero de La Mancha: que se le ha ido la chaveta tras vivir durante años enfrascado en el mundo irrespirable del independentismo, donde solo entra el aire enrarecido del más burdo radicalismo antiespañol y el más reaccionario sectarismo identitario.

Únicamente en este contexto desquiciado, donde la obsesión separatista hace que los molinos de viento parezcan caballeros andantes españoles que quieren robarle a Cataluña lo que supuestamente le pertenece por derecho, cabe entender que Mas haya subido hasta extremos increíbles la locura de su apuesta. Y es que la promesa de proceder a una declaración unilateral de independencia -liderada por quien es, según la Constitución, ¡el representante ordinario del Estado en Cataluña!-, supone no solo la alta traición de un gobernante que ha prometido defender la Constitución en la que se ampara su poder y el impulso a toda una serie de ilegalidades para convertir en papel mojado el principio de legalidad que rige en cualquier Estado democrático.

Tal es el aspecto fundamental del problema que plantea el separatismo catalán: fundamental, sí, porque viola los fundamentos mismos del régimen constitucional en que se basa nuestra convivencia en paz y en libertad.

No contentos, sin embargo, con todo ello Mas y quienes le apoyan en su viaje a ninguna parte, acaban de aclararnos que su voluntad de hacer lo que les pete llega al extremo de estar dispuestos a acometer la gravísima ilegalidad que han anunciado -sin duda, constitutiva de delito- con la mayoría de los escaños de la cámara, es decir, con tal de contar con 68 de los 135 diputados del Parlamento catalán.

Su proyecto secesionista sería tan jurídicamente ilegal y políticamente enloquecido si Mas se hubiese fijado una mayoría parlamentaria que asegurase contar con un sólido apoyo del electorado catalán. Pero consciente de que eso es imposible, el president demuestra una vez más que ni la ley ni la democracia le importan un bledo. Porque esa mayoría absoluta del Parlamento de la que hablan los nacionalistas será casi con toda seguridad una clarísima minoría popular. El cálculo resulta muy sencillo. Pujol obtuvo en 1984 el resultado más cercano hasta la fecha a esos 68 escaños (69 diputados) con el 46,01 % de los votos. La participación más alta en autonómicas fue en Cataluña del 67,76 %, en los comicios del año 2012. Con tal participación y mayoría, los separatistas podrían declarar la independencia ¡con el voto del 31 % del cuerpo electoral! Esa es la burla a la democracia que defiende el nacionalismo catalán y todos los que lo apoyan en España. Bien está que lo sepa todo el mundo.

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