Las lágrimas de Reem


Angela Merkel se quedó con el alma al sol. Y no ocurrió en el Bundestag, donde se mueve como pez en el agua y donde los votos pueden ganar con facilidad a cualquier razón. Ni siquiera fueron Tsipras ni Tsakalotos los que se la liaron a cuenta del pozo económico de Grecia. Fueron las lágrimas de Reem las que derrumbaron el grueso muro que la canciller ha ido levantando todos estos años desde el púlpito de Europa. Es el poder del llanto, que a veces es más devastador que el de una riada, un tsunami o una bomba. Y en una escuela, esos humildes lugares donde se forjan los sueños y el futuro de los pueblos. La niña palestina refugiada en Rostock se equivocaba, como la paloma de Rafael Alberti. Pensaba que todos los seres somos iguales, y que podría estudiar y plantar ilusiones en su jardín como los demás, pero ha nacido en el lado equivocado de la vida. Son los golpes de la realidad, que a veces dejan a uno desnudo ante la incomprensión. Reem fue al Norte con su familia, pero la devuelven al Sur porque su padre no tiene trabajo, también un privilegio en la opulenta Germania. Dicen que cada cual es artífice de su propia ventura, pero las lágrimas de Reem han demostrado que en este detestable siglo incluso los derechos más básicos son papel mojado y una parte de la humanidad no es dueña ni de sus pasos. La niña pensaba que había encontrado el paraíso en Alemania, pero la condenan de nuevo a bajar a los infiernos de los campos de refugiados. Y como único consuelo obtiene palabras de hierro, huecas y sin alma. Su billete de vuelta lleva en el reverso la mezquindad de estos tiempos tan perversos que supuran por todos los poros y en los que las leyes ya no garantizan la decencia.

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