Plan Bolonia: examínese usted dentro de un año


Casi todos los alumnos universitarios conocen algún caso -un compañero de la misma facultad, una amiga que cursa otra carrera- como el, solo imaginario, pero que se da ya, y se dará cada vez con más frecuencia, que aquí voy a relatarles. Y, ¡mucho ojo los alumnos que no saben de la historia!: harían muy bien en enterarse de inmediato, no vaya a ser que acabe cogiéndoles el toro, que en este caso no es un marrajo de Mihura, sino de la estirpe boloñesa.

Antes del dislate del ya famoso y triste plan, los alumnos que estaban a punto de finalizar sus estudios universitarios, pendientes solo de alguna o algunas materias, podían, tras haberse suspendido en junio-julio y en septiembre, examinarse, hasta un máximo de 40 créditos, en la convocatoria extraordinaria de diciembre, llamada de fin de carrera, pues daba al estudiante la oportunidad de licenciarse con el año.

Con el sistema sencillamente demencial ahora en vigor, el alumno que, tras los exámenes ordinarios de enero y mayo y los extraordinarios de junio-julio (¡un calendario en sí mismo demencial!) tiene pendiente más de una asignatura del segundo cuatrimestre, más de una anual, o al tiempo, una o más de cada clase, debe esperar a examinarse en la convocatoria de junio, con lo que ese alumno perderá un año, contado desde la fecha de su anterior convocatoria: es decir, de junio de un año al del siguiente. Doce meses, ¡doce!, en la vida de un joven que se van a hacer puñetas, con todos los proyectos que para ese año hubiera hecho cada uno ya con su título en mano: un máster, una estancia en el extranjero o un trabajo.

El sistema, además de radicalmente injusto y completamente absurdo, coloca al alumno que catea y al profesor que lo ha suspendido en una situación imposible, que a nadie puede deseársele: al alumno, porque lo obliga a la indignidad de rogar al profesor (o profesores) que le den un trato especial y le aprueben la o las asignaturas que le van a hacer perder profesionalmente un año de su vida; y al profesor, que se siente lógicamente presionado entre dos males: el de aprobar a un alumno que no lo merece para no causarle un daño tan desproporcionado, como es retrasar un año su graduación; o el de, por el contrario, suspenderlo, pese a todo, asumiendo sobre sus espaldas, personalmente, la responsabilidad de un sistema demencial.

Y es que, en efecto, lo que es un engendro es el diseño del calendario de exámenes que ha llegado con la plaga de Bolonia, engendro que parece hecho por el peor enemigo de los estudiantes y de los profesores que -muchos más de los que la gente cree- sentimos como propios los gravísimos perjuicios que la locura de quien ha diseñado este desatino le causa a nuestros estudiantes, a los que vemos sufrir de una forma inadmisible por la impericia de un legislador que sencillamente no sabe lo que hace.

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