Grecia y el triple salto mortal de Alexis Tsipras


Contra lo que enseña la gestión de todos los Gobiernos europeos (de izquierdas o derechas) desde el inicio de la crisis, Alexis Tsipras se presentó a las elecciones con un programa de lucha sin cuartel contra la austeridad y los recortes. Pero Tsipras, que tenía que saber que su programa resultaba irrealizable, vendió a los electores, en un primer salto mortal, que él lo haría realidad, porque ello dependía solo de su santa voluntad.

Tsipras partía de la extendida y absurda teoría de que los recortes se deben a una conspiración neoliberal de Merkel y la troika y no al hecho de que la crisis trajo consigo paro, crisis fiscal y recesión, a lo que en Grecia se unía un Estado casi fallido, incapaz de reducir un delirante presupuesto militar, crear un verdadero sistema impositivo, acabar con la corrupción estructural y cortar las prebendas de una oligarquía con privilegios medievales.

Sobre tal delirio convenció Tsipras a la mayoría de los griegos, en un acto en el que había tanto de soberbia como de estupidez, de que él sería capaz, porque tenía un ministro muy machote e insultón, de doblarle el brazo a todos los Gobiernos de la UE. Fue su segundo salto mortal, que, como era de esperar, acabó como el primero: con el primer ministro despanzurrado, y muy maltrecho, en medio de la pista donde se desarrollaba la partida.

Lejos de aceptar el principio de la realidad, que marca, frente al del placer, la madurez de un ser humano, el líder de Syriza creyó encontrar la llave para romper las reglas de juego en su favor en un desgraciado tercer salto mortal: un referendo demencial, en el que los griegos no solo desconocían por completo las consecuencias de su voto, sino que se pronunciarían sobre una propuesta inexistente. Tsipras ganó el referendo y creyó que eso mejoraría su posición negociadora, cuando era fácil prever que ocurriría lo contrario.

Y así fue. El primer ministro griego, tras sus tres saltos mortales, y ya al borde del abismo, aceptó al fin, pues no hacerlo habría significado la quiebra del país, un rescate que, dada su envergadura, endurece las condiciones de la oferta contra la que Tsipras logró el voto de su pueblo. Con lo que el final de esta historia ha acabado por ser tan demencial como el principio: tras aceptar unos recortes contra los que pidió, y obtuvo, el no en un referendo, Tsipras se lo pasa por el arco del triunfo, pone a parte de Syriza en pie de guerra y se convierte en el gran defensor de un durísimo programa de recortes contra los que nació precisamente el partido que lidera. ¿Alguien da más?

Y todo, claro está, con las mejores intenciones, esas de las que, como se sabe, el infierno está empedrado. También, ¡ay!, el que le espera a los griegos tras los fallidos saltos mortales de un presidente que se ha jugado en ellos, no solo su vida, sino la de su pueblo.

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