Tsipras representa a su pueblo. Merkel, también


Escuchando algunas reacciones al triunfo del no en el referendo griego, uno podría pensar que los euros manarían ayer indiscriminadamente de los cajeros helenos. Pero no. Cuando los griegos despertaron, el corralito, como el dinosaurio de Monterroso, seguía allí. Tsipras sigue obligado a negociar con la Unión Europea las ayudas que necesita su país. Y, en principio, llamar terrorista y nazi al banquero que te tiene que conceder un crédito no parece la mejor manera de conseguirlo. El referendo, y la escalada de enemistad y división que ha generado, no eran necesarios porque Tsipras tuvo siempre toda la legitimidad para no aceptar la propuesta de la UE. Para eso se elige a los gobernantes en democracia. Para que tomen decisiones. Recurrir al referendo para endosar las consecuencias de su política a los ciudadanos griegos es un acto de mal gobernante que pretende curarse en salud. Tsipras es ahora, además, menos libre para decidir, porque está obligado a celebrar otro referendo antes de acordar nada con la Unión Europea.

El líder griego ha partido en esta negociación de un concepto tan equivocado como peligroso. El de que solo él representa la voluntad de un pueblo, mientras el resto de gobernantes europeos no defienden a sus ciudadanos y solo pretenden aniquilar a su país. Pero el pueblo griego debe comprender que, aunque su posición les pueda parecer injusta y equivocada, también Angela Merkel, por ejemplo, tiene el aval democrático del pueblo alemán. De hecho, tiene un respaldo mucho mayor que el de Tsipras, porque su posición cuenta con el apoyo nítido de su partido, la CDU, y de los socialistas alemanes del SPD, abrumadoramente mayoritario en el Bundestag. Ni que decir tiene que si Merkel convocara mañana un referendo para preguntar a los alemanes si la UE debe aceptar los planteamientos de Tsipras, el resultado sería aplastante a favor del no. Y, a no ser que se argumente que la voluntad de los griegos vale más que la de los alemanes, habrá que concluir que una guerra de referendos llevaría a Grecia a un callejón sin salida. Por lo tanto, huelgan argumentos patrióticos y morales y solo cabe que los gobernantes griegos y de toda la Unión Europea negocien sin levantarse de la mesa hasta llegar a una solución, sin envolverse cobardemente en sus banderas.

Por supuesto, sobran también amenazas y presiones. Rajoy, por ejemplo, no debió decir que Grecia saldría del euro si ganaba el no. Entre otras cosas, porque nada de lo que dijera iba a influir en el voto de los griegos. Sobra también la hipocresía de esa izquierda exquisita europea que anima a los griegos a dar a la UE la patada en el trasero que ellos no se atreven a dar, sin importarles las consecuencias que eso puede tener para Grecia. Y sobran los sermones de los norteamericanos Krugman y Stiglitz que, instalados en sus confortables despachos, animan a los griegos al suicidio de dar un portazo a la UE y salirse del euro. Quizá lo que pretendan es que se cumpla su errado vaticinio sobre el fracaso de la moneda única.

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