Ya no sirve de nada cantar la «Marsellesa»


La destrucción del entorno de la UE por parte del Estado Islámico y de sus múltiples franquicias no es un suceso, sino un estado de cosas que afecta a Afganistán, Irak, Siria, Libia y Yemen; que condiciona el conflicto palestino-israelí; que amenaza a Túnez, Kuwait, Nigeria, Argelia y el Cuerno de África y que constituye la disculpa perfecta para que las democracias occidentales convivan en abierto cambalache con las dictaduras de Egipto y Arabia Saudí. Y en tales circunstancias sería muy estúpido creer que nuestro lujoso castillo iba a quedar a salvo de tan revuelto avispero.

Para explicar esta terrible situación hay muchas causas de origen interno, entre las que cabe destacar el fundamentalismo, la pugna entre suníes y chiíes, la ristra de Estados fallidos que son sustituidos por poderes tribales y señores de la guerra, y la proliferación de mafias del petróleo que imponen reglas y marcan territorio por medio del terror. Pero ninguna explicación resulta suficiente si no nos acordamos de los desastres generados por la colonización y la descolonización, y del mantenimiento de agentes de control -Israel, Arabia, la familia Al Asad, el Ejército egipcio y Gadafi- que actuaron o actúan al servicio de Occidente.

También debemos reconocer que nuestra peculiar ayuda humanitaria siempre pasa por alguna versión del castizo principio del palo y tentetieso. Misil y tente tieso. Drones asesinos y tente tieso. Arrase periódico de Gaza y tente tieso. Invasión y destrucción de Irak y tente tieso. Guantánamo y vuelos de la CIA y tente tieso. Y ahí os dejo con mi propio caos, y teneos bien tiesos si no queréis que vuelva. Y, aunque nada de eso justifique estas criminales matanzas, bien se puede suponer que ahí está el caldo de cultivo en el que el terrorismo más cruel y alocado encuentras adeptos y se hace casi inmune a las fuerzas que lo combaten.

Digamos también que los 54 muertos de Saint-Quentin-Fallavier, Susa y Al Sawaber (Kuwait) solo rompen la monótona noticia del terror porque una de las víctimas fue degollada en Francia, y porque la mayor parte de los muertos de Susa los pusieron alemanes e ingleses en un hotel español. Y por eso sería bueno que, percibiendo el marasmo de violencia y éxodo que bate nuestras fronteras, nos alejásemos del acostumbrado ritual de himnos y banderas que sirven para interiorizar esta violencia y convertirla en un endémico efecto colateral de nuestro bienestar. Y, en lugar de desenvainar sables y victimismo, podríamos iniciar la revisión de los hechos y la construcción de la paz. Ya sé que los líderes europeos, que siempre salen reforzados con los muertos, no quieren renunciar al militarismo patriótico. Y por eso me limitaré a pedirles que, aunque los comprendo y respeto, no me cuenten, por favor, entre sus impactados y emocionados corifeos.

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