Cervantes, en los huesos


Somos un país necrófilo como pocos. No por nada, sino porque el muerto ya no ocupa silla y no estorba para llegar a la cátedra, a la concejalía, a la cúpula, a la Academia, adonde sea. Los muertos, por mucho que los exprimas, son poco competitivos y ambiciosos, y su única aspiración es que los dejen descansar en paz.

Somos tan agradecidos a posteriori, reverenciamos tanto a nuestros santos difuntos a título póstumo que solo cuando llevan los suficientes años bajo tierra nos acordamos de agasajarlos en diferido como se merecen y, para demostrar que nuestra generosidad a toro pasado no tiene límites, somos capaces de sacarlos del ataúd, ponerles traje y corbata nuevos y volver a sepultarlos con mucho alarde entre panteones y mármoles para la posteridad.

Sucede ahora, tantos siglos después, con Miguel de Cervantes, que quiso que lo enterrasen sin pirotecnias ni fanfarrias en el convento de las trinitarias descalzas de Madrid, amortajado con el hábito de la Venerable Orden Tercera de San Francisco. Por eso reposa en la cripta donde ya sabíamos que estaban sus restos mucho antes de que unos Bones castizos bajasen a husmear entre los esqueletos que custodian las monjitas de la calle Lope de Vega. Mucho antes incluso de que el CSI madrileño dictase sentencia tras sus pesquisas en el osario:

-Hay algo de Cervantes.

Acabáramos.

Este fin de semana se estrenan placa y visitas guiadas al difunto, porque el Quijote ya casi no lo lee nadie, pero la marca tira mucho del fotomatón del turismo.

Claro que la manía de remover osamentas y calaveras no la ha inventado la saliente Ana Botella. Ni mucho menos. Ya la denunciaba un artículo titulado Quintana en la infausta remoción de sus huesos:

«No hay duda: desenterrar a los muertos es pasión nacional. ¿Qué incentivos secretos tienen para el español los horrores de ultratumba que no se satisfacen con ponderarlos a solas y ha de ir a escarbar en los cementerios a cada momento? ¿Vocación de sepultureros, realismo abyecto, necrofagia? De todo hay en esa manía. Aquí la hemos denunciado más de una vez. Avisamos a toda persona notoria que procure morirse a hurtadillas y enterrarse con nombre supuesto si quiere reposar en paz; de otro modo, irán a cribarle las cenizas cuando menos lo espere. Nadie está libre. Quien hasta ahora no se ha dejado desenterrar, como Cervantes, incurre en falta. ¡Ah, si el esqueleto del manco apareciese! ¡Qué embriaguez! ¡Cuántas procesiones y carrozas, qué profusión de reliquias, cómo nos revolcaríamos en la fosa abierta, poseídos de furia patriótica sepulcral! Mientras la providencia no nos favorezca con la invención del ??inmortal cadáver?? que echo de menos, fuerza es consolarse removiendo otros no tan importantes».

Era marzo de 1922 y el texto, publicado en La Pluma, lo firmaba un tal Manuel Azaña.

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