Hombres buenos


Vuelve Pérez-Reverte, Arturo. Pero su regreso está más medido que nunca. Da gusto perderse en estas páginas de Hombres buenos para encontrarse con el dilema de España. Reverte es académico y nos habla en su nueva novela de los dos académicos que, a finales del siglo XVIII, fueron comisionados por la real institución para viajar a París y traerse los 28 volúmenes de la Encyclopédie de D?Alembert y de Diderot. Querían prender luces en una España chusca, de sombras. Es curioso que Reverte haya querido justo en este momento de tornado político contar esta hermosa historia. Es en el fondo una reflexión sobre lo mucho que ha pesado la Iglesia más intolerante en este país, una monarquía frenada (la de Carlos III en el libro) y los aristócratas más perezosos. Un debate novelesco sobre un país en el que las cumbres de los Pirineos siempre han parecido más altas de lo que en realidad eran y son. Introduce en este trabajo un juego, del que ya había lucido cartas en un blog en Internet. Reverte, al tiempo que cuenta la novela, salta a los pasos que da él para documentarse como autor. Las entrevistas que tiene, los apoyos que recibe para que no falte ni una pincelada en su cuadro histórico. Y se aprecia esa labor de documentación en las páginas de ficción pura. Y se paladea el gusto por el lenguaje. El oído del que hace gala para reflejar el habla según de cada quién. Detrás del escritor está el periodista, el testigo, que hace que lo narrado parezca un reportaje. Y fluye el viaje del bibliotecario Hermógenes y del almirante don Pedro como si el paisaje fuese un río entre Madrid y París, perseguidos ambos por un personaje de la canalla, un tal Raposo. No digo más. Estamos ante un Reverte más pautado y calmado lo justo para sacarle brillo a los materiales nobles de la amistad.

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