Una enfermedad que mata


La meningitis mata. Sé que resulta obvio, y asumo que habrá quien pueda calificarme de alarmista, pero para el caso que nos ocupa, es la raíz del problema. Tengo un hijo, Manu, que la tuvo con unos meses de vida. Era un crío sano, fuerte como un roble, que un buen día amaneció con la fiebre disparada y unas manchas casi imperceptibles en la piel. Fue una pediatra, su ángel de la guarda para el resto de sus días, quien detectó que algo malo ocurría. Nos envió con urgencia al Materno de A Coruña. Pasamos allí 15 días. Los más largos de mi vida. Un infierno que no desearía ni al peor de mis enemigos. Impotencia, rabia, desesperación... Algo se retuerce en mi interior al recordar aquellas dos semanas interminables. Mi madre, otro ángel tranquilo, me confesó tiempo después que en algún momento pensó que Manu se nos iba. Yo también lo vi asomarse al precipicio. Aquella lucha con una infección tenaz. Obstinadamente cabrona. Por suerte, todo salió bien, pero de aquella experiencia nos quedó grabada a fuego la firme determinación de que si estaba en nuestra mano, pondríamos todo lo necesario para prevenir esta enfermedad.

Hace solo unos días vacunamos a mi otra pequeña, Dani, con una dosis importada de Portugal. Hasta cinco pediatras distintos nos recomendaron ponerla. Todos coincidían en que es efectiva, útil para prevenir una enfermedad endémica en Galicia.

El ministro Alonso, abogado de profesión, no quiere incluirla en el calendario de vacunas. Alega «efectos adversos complejos». ¿Qué efectos son esos, ministro? ¿Está seguro de que son médicos? ¿No nos estará hablando de sanidad cuando en realidad quiere hacerlo de dinero?

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