La trágica contumacia del militarismo europeo


Mientras por aquí nos dedicamos a las quinielas electorales, y a lamentarnos de nuestras desgracias -porque «los ricos también lloran»-, un aquelarre europeo, comandado por la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad -il errore Mogherini-, acaba de declarar una nueva guerra contra un enemigo no institucionalizado y difuso, cuya única expectativa es la de agravar el desorden, la miseria, la violencia y la injusticia en todos los países que tienen la desgracia de ser vecinos de Europa.

Entre las cosas de las que podemos presumir, pero no debemos hacerlo, está el haber logrado el mayor diferencial existente en el mundo entre la isla de riqueza que es la UE y el océano de miseria que nos rodea, que en estos días de grave crisis comunitaria ya alcanza una relación de 20:1 del PIB per cápita. La relación entre México y EE.UU., también dramática, es de 1:15), por lo que ya podemos hablar sin temor a equivocarnos de que las fronteras de Europa ya son las más vergonzosas del mundo.

No se puede negar que tanto el Magreb como el Medio Oriente colaboran eficazmente en la creación de este espacio de violencia y miseria. Pero también nosotros -desde la colonización hasta hoy, pasando por el esclavismo, la depredación de recursos, los efectos caóticos de las guerras mundiales, y la sangrienta política que nos relacionó con todas sus dictaduras- tenemos mucho que ver con este desastre. Porque, aunque parece que hacia dentro solo se nos ocurre la solución de los cazabombarderos. Que tienen hambre, ¡misiles! Que se pelean entre ellos, ¡misiles! Que gobierna el laico Huseín, ¡misiles! Que ganan las elecciones los islamistas, ¡misiles! Que Gadafi no nos interesa, ¡misiles! Que los sucesores de Gadafi no tienen cuenta del recado, ¡misiles! Que el pueblo sirio se rebela contra al-Asad, ¡misiles! Y que los rebelados contra al-Asad se desmandan, ¡misiles! Es la herencia de la medicina medieval, que todo lo arreglaba con horrendas sangrías.

Adonde hemos ido con nuestros remedios políticos y militares -Afganistán, Irak, Israel, Siria, Libia, Ucrania, y un largo etcétera- solo hemos conseguido aumentar la destrucción, generar Estados fallidos y abrir el paso a los movimientos terroristas e imperialistas más degradados. Y por eso sorprende que tantos ministros juntos, comandados por «el error Mogherini», sigan creyendo que la solución al caos que hemos generado en Libia -porque ese es nuestro- está en los cazabombarderos. Porque en el fondo -lo decía Duverger- seguimos siendo militaristas y guerreros. Lo único que ha cambiado es que ahora, en vez de matarnos en la frontera franco-alemana o en las guerras civiles, exportamos la violencia al entorno. Hasta que se desangren en la mugre, o reproduzcan de alguna manera la invasión de los bárbaros. ¡Siempre lo mismo!

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