Tercera ronda siria


Durante la última semana de enero del año pasado se escenificó lo que pretendía ser el inicio de un plan de paz para Siria. Difícil olvidar aquella enorme mesa a cuyo alrededor se sentaban los representantes del gobierno de Bashar al Asad y la Coalición Nacional Siria, de Estados Unidos y Rusia, con la presencia del Secretario General de las Naciones Unidas. El larguísimo discurso del Ministro de Asuntos Exteriores sirio, Walid Muallem, no se salió de la línea habitual de un estado totalitario. De igual magnitud el enfado de Ahmed Jarba representante de la Coalición Nacional Siria y sus acusaciones al gobierno de Damasco.

Menos de tres años tras el levantamiento civil en Siria, el gobierno de Bashar, apoyado por Rusia e Irán, se sentía más fuerte que nunca en su posición negociadora. Por su parte, la fragmentada oposición solo podía admitir la desaparición del régimen de Bashar. Catorce meses después, sigue aguantando, ahora, con la inestimable ayuda del terrorismo islamista, el cual lucha contra la oposición laica y religiosa mientras la Coalición Nacional Siria es incapaz de proteger a la población civil y de eliminar a los grupos sectarios.

La llegada masiva de refugiados a Europa, la extensión del conflicto a Irak, el levantamiento en Yemen y el enfrentamiento entre Arabia Saudí e Irán evidencian la urgencia de acabar con una guerra que ya ha acercado al terrorismo yihadista al sur del Mediterráneo.

De ahí esta nueva ronda negociadora, esta vez sin luz ni taquígrafos.

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