El caso de los taxistas de Palermo


¿Cómo surge y se perpetúa la Mafia? ¿Para qué sirve? ¿Por qué en Sicilia y no en otro lugar? Estas y otras preguntas -que el escritor Diego Gambetta plantea en su libro La mafia siciliana: El negocio de la protección privada- se pueden responder atendiendo a la racionalidad económica de esta organización, cual empresa privada que es.

A principios de la década de 1980 se inauguró en Palermo un servicio de radiotaxi como el que ya funcionaba en otras ciudades italianas desde tiempo atrás: una centralita recibía las llamadas de los clientes y a cada uno le asignaba el taxi que decía estar más próximo al lugar del cliente. Sin embargo, los taxistas empezaron a abandonar muy pronto el sistema alegando que la mayoría mentía para quedarse con la carrera. Aunque era difícil demostrarlo en una ciudad tan grande, cada taxista sospechaba que todos -menos él, claro- arrimaban el ascua a su sardina, de modo que en 1987 solo quedaban unos pocos afiliados al sistema. Por lo visto, nadie confiaba en nadie.

Este problema de desconfianza ya se había dado en otras ciudades. Asignar la carrera al taxi que decía estar más próximo al lugar del cliente implicaba fiarse de la palabra de cada taxista, o que todos ellos se vigilasen unos a otros, o disponer de algún medio técnico de localización geográfica que entonces no existía. Las soluciones adoptadas fueron varias. En Roma, por ejemplo, la carrera era para el primer taxista en responder a la llamada, sin importar el lugar donde dijese estar; una solución subóptima, tanto para los taxistas (los más raudos en contestar conseguían más carreras) como para los clientes (que tenían que pagar más por taxis que, a menudo, venían desde más lejos), pero que al menos consiguió mantener el sistema. En Milán y Nápoles, sin embargo, se optó por que los propios taxistas se controlasen unos a otros, mediante patrullas de vigilancia por turnos, denuncias a los corruptos y expulsión del servicio de radiotaxi llegado el caso.

El ejemplo de Nápoles es interesante porque, como sostiene Gambetta, Campania no está muy por encima de Sicilia en niveles de confianza social y además cuenta con su propia organización mafiosa: la Camorra. Pero por alguna razón, los taxistas de Nápoles fueron quiénes de organizarse para resolver el problema de los tramposos, mientras que los de Palermo no.

La razón que los taxistas de Palermo adujeron fue antropológica -«aquí la gente es así, hace trampas y nadie se fía de nadie; ¡qué le vamos a hacer!»-. Y la ausencia de confianza, unida a unas instituciones débiles, parece estar en la base de la Mafia que, en lo esencial, es una organización que garantiza las transacciones comerciales a través de la venta de protección. Al mismo tiempo, perpetúa la desconfianza y la torna endógena: los acuerdos y negocios salen razonablemente adelante gracias a la Mafia y todo el mundo interioriza que, sin ella, imperaría el caos.

El diagnóstico de los taxistas de Palermo parecía correcto -al menos en parte- respecto a la desconfianza social de la ciudad. Pero eso no explicaba por qué la Mafia no había asumido la protección de los taxistas como sí había hecho con otros gremios. Una causa podía ser la dificultad intrínseca de proteger a los taxistas: al moverse continuamente por la ciudad, los costes de vigilancia serían enormes y tal vez se negasen a asumirlos cuando ellos mismos podían vigilarse unos a otros de forma más efectiva. Pero entonces, ¿por qué no lo hacían si parecían ser los que mejor podían imponer la autorregulación?

Gambetta apunta una posible explicación. Los taxistas no se atrevían a vigilar y denunciar a sus colegas porque, debido a su facilidad para moverse por la ciudad y hablar con todo tipo de clientes, intuían que muchos de ellos ya estaban protegidos de facto por la Mafia a cambio de espiar a clientes-empresarios de toda clase de negocios. Es fácil suponer que antes de instaurar el servicio de radiotaxi, el rumor de que había taxistas protegidos por la Mafia beneficiaba a todos -a los realmente protegidos y a los que no lo estaban- y pocos clientes se atreverían a robar, engañar o maltratar a un taxista. Pero una vez instaurado el servicio, este se volvió en su contra porque ya nadie se atrevió a denunciar a un compañero tramposo por miedo a sufrir represalias. Los taxistas que iban por libre entendían que sus compañeros protegidos tenían impunidad para hacer trampas y solo les quedaba aceptarlo o abandonar el negocio. Y los taxistas protegidos tampoco estaban seguros de que los que no parecían estar bajo la protección de la Mafia no lo estuviesen realmente, con lo cual no se atrevían a airear sus trampas. En fin, desconfianza por todas partes, dilema del prisionero e imposibilidad de lograr ningún acuerdo cooperativo, a pesar de lo beneficioso que sería para todos.

La historia de los taxistas de Palermo es un buen retrato de cómo pueden ir las cosas en una sociedad invadida por la desconfianza y cómo alguien -en este caso, la Mafia- se aprovecha de ello, suplantando al Estado y sustituyendo la confianza por el miedo. Aunque tiene un final feliz. Cuenta Gambetta que en 1989 se encontró una solución para organizar el servicio de radiotaxi, consistente en agrupar los taxis en paradas repartidas por la ciudad, obligar a cada uno a avisar de su posición al llegar a la cola de la parada y asignar la carrera al primero de la fila en la parada más próxima al cliente. Aunque el modelo -apenas distinto de un simple método de paradas de taxis- es ineficiente con respecto al sistema de taxis moviéndose por la ciudad (especialmente para los clientes, que tienen que pagar carreras más largas), evitó que aflorase la desconfianza entre los taxistas. Algo que, por lo visto, tenía un coste bastante mayor.

* Manel Antelo es profesor de Economía de la USC

Por Manel Antelo Profesor de Economía de la USC

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