Parlamentando


Cuando en las películas del Oeste llegaba el momento de parlamentar, unas veces se cortaban cabelleras y otras se sacaba la pipa de la paz. Esa fumata blanca es impensable en el Parlamento, lugar libre, solo, de fume de tabaco, y no siempre. Las sesiones son eso que transcurre entre los portazos e insultos de Beiras, el discurso-rodillo del PP y las boutades de Yolanda Díaz. Esta, que no quiere quedarse a rebufo de Beiras, dijo ayer: «Está vostede exterminando ao noso pobo», palabras a Feijoo que quizás tomó prestadas de Toro Sentado o de Gerónimo, quienes desde luego hablaban, ellos sí, con cierta base científica. Si uno, en el Parlamento, cierra los ojos, podría creer que ha sido teletransportado al patio del recreo, y eso que muchos ya son mayorcitos. La presunta casa de todos es la casa de tócame Roque. El Parlamento muestra los síntomas de una enfermedad mal diagnosticada para la que nadie busca tratamiento. Tampoco, es evidente, el grupo mayoritario de la cámara, ni el segundo. Y así sucede que en lo único que son capaces de ponerse de acuerdo PP y PSOE es en reinvidicar derechos humanos en Venezuela, asunto este, el de reñir a Maduro, que fue el alucinante origen del penúltimo huracán Beiras, quien ya ni parlamenta. Es como si ya solo buscara cabelleras que cortar.

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