Señores buscando votos


Por sus gestos los conoceréis. De pronto, parecen humanos. Pedro Sánchez viste chándal y zapatillas recién comprados, asunto bueno para la economía, y corretea por la playa de la Concha. Para todo hay una primera vez. Coge bebés en brazos, y lo hace en Galicia, lo cual tiene su dificultad, estadísticamente hablando. Rajoy desayuna y admite algunas preguntas (también parece que por primera vez). Después, lanza un sorprendente «confíen en mí», que suena a algo así como un ruego. Son los políticos bajándose del pedestal, cosa que sucede cuando las urnas tocan a rebato, eso que han bautizado como la gran fiesta de la democracia. La fiesta dura un día, porque al siguiente cuelgan el cartel de «se reserva el derecho de admisión». La humanización, o quizás deberíamos decir transformación o metamorfosis del político, tiene algo kafkiano, claro, y no es elemento exclusivo de este país, como sí lo es Rodrigo Rato, sino que sucede hasta en Gran Bretaña, donde estos días también se juegan algunos su futuro. De ahí surgen escenas entrañables, donde el político, en este caso el vice primer ministro Nick Clegg, es capaz de embadurnarse de plastilina hasta las cejas. Con tanto desgaste buscando el voto es casi comprensible que les entren esos trágicos ataques de amnesia postelectoral.

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