Socializar riesgos y privatizar beneficios


Para tener un relato coherente de las muy diversas tropelías que se están sucediendo en esta prolongada crisis, hay que levantar un poco la mirada del batiburrillo de escándalos, suspensiones de pagos, primas de riesgo, bolsas de pobreza, paraísos fiscales, nacionalizaciones o privatizaciones. ¿Qué es lo que enlaza todos esos fenómenos?.

El relato, o hilo conductor, consiste en contemplar todos esos fenómenos como consecuencia de un supremo mandamiento: si las cosas van bien, privatizamos entre los de arriba al máximo las ganancias, y en cuanto las cosas se tuerzan, coloquémosle a los de abajo el embolado.

Si se trata de la distribución de combustibles, la máxima consecución, y privatización, de beneficios se facilita mirando para otro lado cuando el barril de petróleo baja de precio y no lo hace el litro en las estaciones de servicio (mientras que cuando sube la traslación es inmediata). O cuando la producción barata de electricidad (hidráulica, nuclear) se puede facturar en la tarifa a precio de central térmica. O cuando otorgamos concesiones de autopistas sin alternativas reales de acceso libre. O si el consumo y la factura farmacéutica lo determinan en buena medida los lobbies. O cuando damos concesiones eólicas a golpe de soborno.

Esos superbeneficios aún encuentran una vía suplementaria para castigar al conjunto de la sociedad (pues sin duda costearlos ya es un primer castigo): los regalos fiscales. Por un lado, euros no recaudados sobre las rentas no salariales en nuestro actual IRPF, y por otro, impuestos sobre sociedades que se reestructuran en Luxemburgo o plazas similares. Lo que se llama desmantelar la solidaridad fiscal nacional interna sin edificar una solidaridad fiscal europea. Alimentar una competencia fiscal siempre favorable a los beneficios privados.

La vida alegre de los máximos beneficios y los mínimos impuestos. Cuando las cosas se tuercen pasamos al plan b: socializar los riesgos. Así, cuando los financieros hunden sus entidades creamos un FROB que evite el cierre de las mismas. Y si los promotores inmobiliarios abandonan un patrimonio que no cubre sus deudas creamos una Sareb que socialice lo que haga falta. Y emitimos deuda pública huérfana de un Banco Central que la suscriba. En todos los casos la responsabilidad civil por los daños sociales causados (desempleo, desahucios, pobreza, primas de riesgo?) la cargamos a cuenta de los ingresos públicos aportados por el pueblo costalero.

Los de arriba pillan lo máximo e ingresan lo mínimo, mientras convencen a los de abajo de que no hay dinero (para sanidad, pensiones o educación) porque hay que subsanas sus fechorías, sus regalos fiscales y su capitalismo de amiguetes.

Es en este punto donde Rodrigo Rato perdió los papeles: cuando vio en riesgo su patrimonio para responder por los daños de su gestión en Bankia. Ser la excepción que confirma la regla. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

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