¿Debe ser Barcelona la cocapital de España?


En un gesto tan irresponsable como inútil, el secretario general del Partido Socialista anunció, en un mitin celebrado el sábado pasado en Barcelona, que, si llega a presidente, trasladará allí la sede de algunas instituciones del Estado. Como no dijo cuáles, hay que suponer que, con su propuesta, Sánchez se suma a la del candidato del PSC a la Ciudad Condal, quien, insistiendo en el craso error de Maragall, aspira no solo a que se instale en Barcelona, entre otras, la sede del Senado, sino a que la gran ciudad mediterránea sea la cocapital de España.

Las peregrinas ideas del líder del PSOE, con seguridad tan poco meditadas como las de Zapatero cuando prometió que las Cortes aprobarían, sin tocarla, la reforma del Estatuto del Parlamento catalán, persigue la misma finalidad (premiar con ingenuas concesiones, que el nacionalismo catalán ni ha pedido ni valora, su flagrante deslealtad con el Estado y la Constitución) y tendrá, previsiblemente, igual éxito: ninguno. Zapatero consiguió de hecho, con su dislate estatutario, todo lo contrario de lo que supuestamente perseguía: abrir la terrible centrifugación del poder territorial que habría de llevarnos al vigente desafío -y desvarío- del secesionismo catalán.

Pero la propuesta de hacer de Barcelona la cocapital de España no constituye solo una muestra de esa política lamentable que lleva a devolver con abrazos a CiU y ERC sus reiteradas patadas en la boca a España y los españoles (incluidos los que viven en Cataluña, por supuesto), sino además la perfecta expresión del complejo de inferioridad del socialismo de raíz zapaterista frente a los nacionalistas.

Ciertamente, no hay ningún Estado en el planeta (ni centralizado, ni federal) que tenga dos capitales o reparta, cual confeti, la sede de sus instituciones estatales: en EE.UU., paradigma del federalismo, se puede ir en un agradable paseo de una hora de la Casa Blanca al edificio del Tribunal Supremo, pasando por el Capitolio, sede del Congreso. Hay allí muchas ciudades que superan a Washington en tamaño e importancia (lo que no es el caso de Madrid), como las hay en Brasil respecto de Brasilia, sin que a nadie se le haya ocurrido la memez de repartir la sede de las instituciones del Estado.

Pero hay, además, otro argumento, obviado solo por el complejo de inferioridad antes citado: ¿por qué Barcelona y no Sevilla, A Coruña, Málaga, Vigo, Zaragoza, Valencia o Palma de Mallorca? Y es que ya puestos a repartir, repartamos de verdad y hagamos una multicapital, o incluso una capital giratoria, que complete esta enloquecida España de taifas que hemos ido construyendo entre la presión desleal de los nacionalistas y la cobardía ingenua y acomplejada de un PSOE que ha perdido lo mejor de su memoria: la que lleva inscrita en las siglas que, ya sin sentido, le dan nombre.

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