¿España bananera? No: a la boloñesa


Italia es un gran país y sus gentes las que más se parecen a nosotros. Quizá por eso podríamos acabar por sufrir en España una política tan desastrosa como la que los italianos se saben al dedillo: la marcada por los estigmas de la inestabilidad y la corrupción.

Como elefante en cacharrería, la corrupción irrumpió en España al final del felipismo y, aunque su presencia ha sido en los veinte últimos años desigual, lo cierto es que no nos ha abandonado desde entonces. Pero la actual acumulación de casos que afectan a personas con una relevancia política o social extraordinaria (Pujol y su familia, la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, los expresidentes andaluces Chaves y Griñán) ha convertido a la corrupción, presunta o demostrada, en una presencia devastadora para la credibilidad de las instituciones democráticas. La imagen de Rato entrando detenido en un coche policial -¡el acabose!-, es la guinda envenenada que faltaba en ese pastel de vitriolo.

La situación ha alcanzado tal umbral de gravedad que ya solo los irresponsables de uno y otro lado pueden alegrarse por espurios intereses de partido de que la lista de presuntos corruptos aumente cada día. Y es que, casos como el de Chaves o Griñán, y, ya no digamos, el de Rato, arrasan no solo su prestigio personal y el de sus partidos respectivos, sino también el de nuestro régimen político y el del país, que aparece ante el mundo como una monarquía a la boloñesa, donde cualquiera podría acabar dando con sus huesos en la cárcel.

Pero si la italianización de nuestra política había adquirido ya, con la corrupción, estatus oficial, añadirle a ese espeso caldo que forman jueces, policías y ladrones, el ingrediente de la inestabilidad, de la que Andalucía se ha convertido en avanzadilla tras sus elecciones autonómicas, haría la vida pública española un brebaje insoportable.

Con la inestabilidad -lo dije el otro día en el programa de Fernanda Tabarés- ocurre lo que con la salud: que nadie le presta atención hasta que falta. Pero, cuando falta, ¡ay, cuando falta!, casi todo lo demás pasa a un plano secundario. Porque la salud en lo personal, y la estabilidad política en lo social, son la condición sine qua non para vivir con un sosiego razonable.

Todo apunta, sin embargo, a que muchos de los que, con sobradísimos motivos, están hartos de la corrupción se comportarán electoralmente de un modo que hará más difícil formar Gobiernos y favorecerá por tanto la inestabilidad, desconociendo muy probablemente lo que la experiencia italiana ha demostrado: que la inestabilidad ha sido allí en grandísima medida la aliada de la propia corrupción. Ese es hoy el el abismo en el que estamos, mientras el PSOE y el PP no solo se aprovechan, sino que se alegran, de cada caso de corrupción que perjudica a su adversario. Una auténtica tragedia.

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