Rato, muy serias acusaciones


Decíamos ayer: «Si algo no hubo en esta historia [de Rato] ha sido amiguismo [?] Se le ha tratado como si nunca hubiera sido ministro, ni diputado, ni dirigente del PP». Don Cristóbal Montoro lo dijo después mejor en el Congreso de los Diputados ante un hemiciclo casi vacío: «?por encima de todo; por encima de compañeros y rivales; por encima de amigos y enemigos». La Agencia Tributaria lo confirmó a continuación con la contundencia que le caracteriza: envió a los agentes del Servicio de Aduanas con sus chalecos bien visibles a registrar el domicilio de Rodrigo Rato. Y todo terminó en un coche policial. Una de las noticias espectaculares del año.

Escribo esta crónica cuando Rodrigo Rato acaba de salir de su casa, vestido de traje y sin esposar, aunque ya está detenido. Confieso que pasé la tarde pensando cosas muy raras: por qué se pasó en 48 horas de una filtración periodística a una investigación tan contundente; por qué no se filtraba ningún nombre más, entre los 31.000 que habían regularizado en la amnistía fiscal; por qué el ministro de Justicia confirmaba que Rato se había acogido a esa amnistía, si Montoro acababa de decir que la ley impide dar esa información? Al final todo estaba muy claro: había serios indicios de los delitos de alzamiento de bienes, blanqueo y fraude fiscal.

No había motivos para la teoría conspiratoria (personaje de impacto para animar la campaña de renta, argumento electoral de este Gobierno para demostrar que combate la corrupción). El presunto hallazgo de documentos hace sostenibles las acusaciones de los tres delitos. El aprovechamiento político de la acusación ha continuado, pero es anecdótico. El espectáculo de luz, taquígrafos y cámaras de televisión, que permitió retransmitir en directo el cerco al domicilio, ha sido el acompañamiento mediático de una operación tan sorprendente como espectacular.

Termino esta crónica sin ver si Rodrigo Rato pasa su primera noche en un calabozo. Cuesta creerlo. Dan ganas de escribirlo entre admiraciones. Uno de los hombres más aplaudidos por su gestión en un Gobierno español, enemigo público. Conducido en un coche policial. No se dio un paso tan serio como el arresto con Jordi Pujol. Ni siquiera se hizo con tanta rapidez con Luis Bárcenas. Algo muy grave tiene que haber sido descubierto entre sus papeles y en otros despachos que se han registrado. Si ayer hablábamos del ídolo caído, hoy tenemos que hablar de la destrucción total de una persona, por supuesto de una honra, claramente de una biografía que habíamos considerado intachable. Lo malo para él es que esta historia solo acaba de empezar. Y el Gobierno, empeñado en que sea de gran ejemplaridad.

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