Galeano, hombre de palabra


Oír a Eduardo Galeano hablando de Juan Rulfo es como escuchar a san Pedro presentando a Dios. Aunque a ellos no les hubiese gustado mucho el paralelismo religioso. Dijo Galeano, con sus cejas que ascendían hacía el cielo como para acentuar las nubes y sus ojos de acuario, que «Juan Rulfo me enseñó que se escribe por la otra punta del lápiz, la que tiene la goma de borrar». Y, ahorrando palabras y cifras, pero sin dejar de señalar espanto, fue como Eduardo Galeano llegó desde Las venas abiertas de América Latina a Memoria del fuego, por ejemplo. Descubrió algo que ya sabía la publicidad, que una buena frase tiene más pegada que un párrafo: «Las paredes son las imprentas de los pobres». Amado por la izquierda, Eduardo Galeano descolocó a muchos cultos que creían que el fútbol era abominable cuando se lanzó a escribir sobre el balón, otra de sus pasiones. «Para los intelectuales de izquierdas, el fútbol impide que el pueblo piense. Para los de derechas, prueba que piensa con los pies. ¿Que es un negocio? ¿El sexo no lo es? Y los que saben me han dicho que el sexo no está mal». Otro clásico de Galeano es oportuno para aplicar ahora que estamos en el minuto de silencio de la grada por su muerte. Él decía siempre que recordar venía del latín re-cordis, que no es otra cosa que volver a pasar por el corazón. Ya saben. Vuelvan a pasar la miga de las palabras de Galeano por su corazón. Y es que su trabajo era como el pan de los pobres. La gente como Galeano no sale de una computadora. Es gente libre. No está estabulada. Son necesarios, como el viento, para aventar los cuartos cerrados de mentiras. Perdemos a los escritores de dos en dos. Nos quedamos sin hombres de palabra.

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