Ciudadanos sí paga traidores


Rosa Díez (UPyD) ha sido lenta, contra lo que podíamos esperar de ella, pero al fin reaccionó. Ayer, por fin, pasó a la ofensiva y decidió llamar por su nombre a los que abandonan su partido: tránsfugas. Hizo una excepción con Toni Cantó, que abandonó sus cargos por discrepancia con la dirección, pero sigue como militante y no se entregó a los brazos de ninguna otra fuerza política: un caballero, dijo la señora Díez, y le honra que sepa hacer esa distinción. Una cosa es la coherencia de quien discrepa, pero no se pasa a las filas del enemigo, y otra el que coge sus armas, atraviesa la trinchera y se pone a disposición de su adversario.

Eso en la guerra se llama deserción y merece juicio sumarísimo. En la paz se sigue llamando deserción y merece la condena de la opinión pública. En el mar es abandono del barco por las ratas. Y en política es transfuguismo, tan condenable que provocó un pacto entre partidos para evitarlo.

Al principio de producirse esa riada de fugas, la mayoría de los analistas nos quedamos en la superficie, seducidos por el espectáculo de la fácil destrucción de UPyD. La falta de reacción de Rosa Díez, abatida y sumida en la tristeza, no inspiraba otra cosa. El fracaso de la alianza con Ciudadanos parecía justificar la complacencia con que asistíamos a la ceremonia de hundimiento. Cuando las aguas parecen más serenas, se frena el goteo y UPyD muestra ganas de sobrevivir, se impone otro tipo de reflexión: lo siento muchísimo por quienes han ejercido de esa forma su libertad de afiliación, pero han hecho una ceremonia poco digna, dañina para quien les dio cobijo y seguramente perjudicial para Ciudadanos.

«Se van al sol que más calienta», dijo Rosa Díez, y es verdad. Su pase al enemigo coincide con las encuestas que vaticinan un crecimiento electoral de Ciudadanos. Se aceleró en auténtico aluvión cuando Andalucía demostró que la predicción se cumplía. Se fueron, por tanto, en busca de una oportunidad de medro personal. No estaban en UPyD por convicción, sino porque les ofrecía una oportunidad de trabajo. Cuando esa oportunidad se diluye, buscan un empleo con más garantías de fijeza. Alegan desde Ciudadanos que ellos no les han llamado, sino que los fugados llamaron a su puerta. Es igual: eso no cambia el resultado ni el diagnóstico; el transfuguismo no tiene más autor que quien lo practica.

Escribíamos aquí hace poco que Ciudadanos estaba siendo el coche escoba que recogía los desechos que iban quedando por el camino de los fracasos y los desencantos. Ese quizá sea su flanco más débil, más que su posición sobre el AVE. Que tenga cuidado Albert Rivera con las alfombras rojas que les pone: quien traicionó una vez puede traicionar muchas más.

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