Tal día como hoy

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Miro atrás y rememoro una mañana de Viernes Santo en la plaza Mayor de mi pueblo. La mañana madrugaba en la voz y la palabra de un fraile mendicante predicando un ingenuo auto sacramental que escenificaba, hoy como ayer, en el año quince del siglo XXI, como en el año 1.500, las tres caídas de Jesús con la cruz a cuestas, el auxilio de su madre, la Virgen, llorando, enjugando las lágrimas por obra y gracia de un primitivo mecanismo que articula las imágenes y mueve los corazones de las buenas gentes que asisten expectantes al matinal Encuentro de la Semana Santa de Viveiro. Cada año detengo mi mirada en los rostros sorprendidos de las personas que siguen atentas al guion del último día de la vida de Cristo, y me uno a la sorpresa de una historia que no es otra que la de mi civilización, la misma que ha sentado las bases de nuestra cultura judeo-cristiana y occidental. De ahí procedo, y aquí me he quedado. Todos los años que acudo al escenario procesional encuentro un sentimiento antiguo que está construido de fe y de tradición, que ha llegado hasta aquí a lomos de la historia sorteando el discurso de la razón. Hubo en Viveiro un vecino que no dudó en afirmar que era el más radical de los ateos, pero al mismo tiempo creía firmemente «nas procesions». Y bajo las andas, los llevadores, el quiñón de costaleros, forman una autentica república de credos ideológicos.

Nuestra singularidad de pueblo apegado a sus tradiciones endémicas, endógenas, enquistadas en una forma de ser poliédrica y cuando menos contradictoria. Cuando era un niño existía una auténtica movilización popular en días como estos. En los hogares pudientes se bruñían los metales, se abrían ventanas y balcones para que en aire de la primavera se colara en las alcobas, una piedad impuesta y ficticia marcaba el comportamiento, y nunca entendí por qué los hombres se cortaban el pelo los días anteriores al Jueves Santo. Las confesiones en una sociedad nacional católica que tenía mucho de qué arrepentirse, eran masivas, y no se podía cantar mientras que los cines suspendían sus funciones hasta el Domingo de Pascua. Por fuera éramos una suerte de ánimas en pena ayunos de carne y abstemios por dos días. En el campo se suspendían las labores, y en la mar, las faenas de la pesca. Sucedió en un país que no se parecía a este, en un tiempo que quedó archivado en la memoria personal y colectiva. Viveiro, mi pueblo, mantiene su lealtad a la Semana de pasión. Nuestra Santa Semana es civil y popular, nuestra, y la exhibimos como un don preciado a quienes nos visitan.

Tal día como hoy un aroma penitencial acompañaba a vírgenes y cristos, con una austeridad antigua, franciscana. Pero otra Semana Santa mas bulliciosa es la que hoy desfila por nuestras calles y es el legitimo orgullo de sus promotores. Muy cerca de Viveiro, el mismo dí­a en que la cristiandad proclama dos jornadas de recogimiento, el fenómeno musical de los veranos, la orquesta Panorama, inaugura su gira de temporada, acompañada por El Combo Dominicano, y para compensar un toque bí­blico: la orquesta Jerusalem convoca un súper festival de baile hasta el amanecer. Son los sí­mbolos de los tiempos. Cabe todo en sacos paralelos, tal día como hoy en que Occidente, de norte a sur, recuerda que Jesús fue asesinado y murió clavado en una cruz. Que no se olvide.